1. Acceder a la sensación de que cada paso en la ciudad ya está dado. 2. Entrar a un sevenieleven de otra esquina en la misma colonia. 3. Comprar café y pan. 4. Salir y detener un taxi. 5. Saborear el pan y el café con la conciencia de que el sabor es idéntico, provengan de cualquier mini – súper. 6. Considerar la paradoja inserta en el término mini – súper. 7. Escribir en el taxi. 8. Calcular las millas viajero urbano acumuladas en el trayecto. 9. Aceptar lo innúmero de las calles pisadas en la ciudad. 10. Opcional: recordar las baldosas cuando aún no las quitaban rojas de Reforma. 11. Imaginar que los pisos son papel manchado con las huellas de los zapatos. 12. El mármol de ciertas explanadas. 13. Las grietas pedruscos y otros accidentes del terreno. 14. No asomarse por las ventanillas del taxi, de tan conocido el paisaje. 15. Escribir que otra vez se escribe dentro de un taxi. 16. Permanecer bajo un semáforo que no señale alto total. 17. Y que tampoco permita irse.
martes 9 de febrero de 2010
Para continuar detenido en una urbe, de Daniela Bojórquez
1. Acceder a la sensación de que cada paso en la ciudad ya está dado. 2. Entrar a un sevenieleven de otra esquina en la misma colonia. 3. Comprar café y pan. 4. Salir y detener un taxi. 5. Saborear el pan y el café con la conciencia de que el sabor es idéntico, provengan de cualquier mini – súper. 6. Considerar la paradoja inserta en el término mini – súper. 7. Escribir en el taxi. 8. Calcular las millas viajero urbano acumuladas en el trayecto. 9. Aceptar lo innúmero de las calles pisadas en la ciudad. 10. Opcional: recordar las baldosas cuando aún no las quitaban rojas de Reforma. 11. Imaginar que los pisos son papel manchado con las huellas de los zapatos. 12. El mármol de ciertas explanadas. 13. Las grietas pedruscos y otros accidentes del terreno. 14. No asomarse por las ventanillas del taxi, de tan conocido el paisaje. 15. Escribir que otra vez se escribe dentro de un taxi. 16. Permanecer bajo un semáforo que no señale alto total. 17. Y que tampoco permita irse.
lunes 8 de febrero de 2010
Insinuaciones en rojo, de Lorena García Mateu
viernes 5 de febrero de 2010
De "Proyectos Espirituales", de Brenda Ríos
jueves 4 de febrero de 2010
Vehículos de piso bajo, de Helí García
miércoles 3 de febrero de 2010
Hiena, de Rafael Toriz
*Texto que se quedó fuera del libro Animalia publicado por la Universidad de Guanajuato en 2008 con ilustraciones de Édgar Cano.
martes 2 de febrero de 2010
Pintura cincuenta y cinco, de Ildefonso Cecilia
lunes 1 de febrero de 2010
Segundo aniversario del Blog
domingo 31 de enero de 2010
Barrer alrededor
miércoles 27 de enero de 2010
Del viento la noche, IV
como Onetti
a embriagarme hasta el alba de poesía
y también de alcohol aunque no salve
la poesía claro está
voy a pensar en las fábulas de infancia que leía
en la guitarra de Guillén que sueña
en la lechera del cántaro roto
en Parra que pegó con la porra a la perra
y en el romance del camino de mi infancia
que engolado recitaba
voy a anclarme a esta tabla negra que no salva
a este fuego gris que no consume
a este piano viejo destemplado que no sé tocar
para secar mis manos en tu ausencia / letras muertas
estertor violento / sangre
pOe
sí
A
martes 26 de enero de 2010
Tiene que saberlo... 28
lunes 18 de enero de 2010
Sobre la corrección de textos literarios
En el blog de Chejfec, por ejemplo, se puede leer el original de su puño y letra, con las correcciones a la vista. "Para mí", explica, "es una manera de ofrecer el original en el sentido plástico de la palabra. El dibujo de lo escrito. Ese dibujo, ya que es una actividad doble, guarda el tiempo en que ha sido compuesto. Algo así como el recuerdo o su estela. El manuscrito exhibido es documento desviado, ya que no corresponde a nada sino a sí mismo, y sin embargo atrae por el grado de incompletud o contingencia que tiene todo lo hecho con las manos, al contrario de lo escrito propiamente dicho, que postula naturalmente la fijación y la permanencia".Sigue Chejfec:
"No pienso la revisión o la corrección como una promesa de adecentamiento o emprolijamiento del texto", dice Sergio Chejfec, "sino como un bastión de arbitrariedad. Creo que toda escritura predica lo incompleto, lo esquivo y lo que pierde forma, también predica todo lo erróneo pero cierto que tenemos alrededor; por lo tanto, la corrección, pensada como parte de la escritura, debe proponer la misma imperfección de todo lo construido o artificial y no buscar ocultarlo".
Entre los métodos de Borges y Aira:
dos modelos si se quiere: Borges y Aira. El del escritor que busca aquella palabra que ya no admita ser cambiada por otra, cual caballero detrás de un santo grial, y el de aquel que pone el acento en el presente de la escritura (y con Aira, Copi, Osvaldo Lamborghini y la ya archiconocida frase "primero publicar y después escribir"), para quien lo importante no es lo escrito sino lo que se va escribiendo, la expansión de la frase y del sentido. La fijeza de la perfección, de lo acabado, la escritura como el camino hacia un lugar preciso. O la opción por lo incompleto, la no depuración del estilo, la frase –o la trama– expandida hacia el infinito y por lo tanto, el abandono de la instancia de corrección.Y luego el sabio Fogwill:
"Más que no corregir y proseguir la huida hacia delante agregando obras, lo ideal sería componer una obra completa de mil o dos mil páginas –no más– y tener tiempo para corregirla frase por frase justo a la edad en que uno ya sabe todo lo que puede llegar a saber", dice vía correo electrónico. "Pero casi nadie tolera pasarse treinta años de anonimato y todos quieren ser escritores, y escritores famosos, reconocidos, traducidos, bien remunerados, prostituidos y ¡jóvenes! Yo gozo corrigiendo, porque de repente me gusta algo que escribí, y que nadie, ni yo mismo ahora, podría emular, y, entonces, ensoberbecido, me doy ánimos para enfrentar cada frase a la pesca de lo que me autoengañé de haber logrado. Es más fácil corregir un texto que cualquiera de las cagadas que uno fue cometiendo en la vida, especialmente la de publicar y creérsela."
lunes 11 de enero de 2010
Del cuaderno de París, IX
viernes 8 de enero de 2010
Del cuaderno de París, VII bis
Del cuaderno de París VII
Del cuaderno de París I
sábado 26 de diciembre de 2009
Tribuno con caballo
Escritores latinoamericanos ayer y hoy, según Volpi (copypasteado de Thays)
"la lista titulada "Evolución del escritor latinoamericano (del Boom a nuestros días)" que aparece en el libro de Jorge Volpi El insomnio de Bolívar (Debate). A ver si están de acuerdo o no. Yo me divertí. [Por cierto, los paréntesis son míos -es decir de Iván Thays, de Moleskine Literario-]"
Apariencia
Antes: Cabello largo, chaqueta de cuero, morral al hombro, look hippie o indumentaria típica [y saco oscuro y corbata de seda, riguroso para dar conferencias, un look de dandy oficinista a lo Mad Men. También vale el liqui liqui]
Ahora: Cabello cortísimo, blackberry o iPhone [y un Amazon Kindle] y camisetas. Look nerd o cool [un saco algo arrugado con camisa y siempre sin corbata también se vale]
Convicciones políticas
Antes: Izquierda revolucionaria
Ahora: Indiferencia política y cierta simpatía por ese lugar indefinido llamado “centro”.
Amistades
Antes: Presidentes y caudillos latinoamericanos, estrellas de Hollywood, artistas plásticos.
Ahora: Directores y actores de cine latinoamericano, académicos gringos, edecanes de congresos literarios [un amigo geek a quien puedes llamar para que te dé el dato de un gadget o te arregle un problema con tu portátil es imprescindible]
Idiomas
Antes: Inglés y francés obligatorios, a veces alemán.
Ahora: Inglés.
Formación Literaria
Antes: Clásicos de aventuras (Salgari, Verne), clásicos grecolatinos, colección amarilla de Gallimard.
Ahora: Clásicos de la televisión (Don Gato, El túnel del tiempo, Twilight zone), clásicos latinoamericanos, colección amarilla de Anagrama [sería impolíticamente correcto decir el Chavo del Ocho para un mexicano, pero es verdad aunque le duela a Volpi. Dibujos de peleas como Meteoro o Sankuokai. Además, las series de TV gringas desde Hechizada hasta Mad Men, pasando por The Sopranos. Algunas telenovelas brasileñas y las series adolescentes como Verano Azul y Jacinta Pichimahuida, obvio]
Preferencias musicales
Antes: Música clásica, tango, bailes de salón, trova cubana.
Ahora: Música electrónica, rock independiente [no olvidar el rock argentino de los 80, el jazz y el bossa nova]
Preferencias cinematográficas
Antes: Cine clásico de Hollywood, neorrealismo italiano, Nouvelle vague, Bergman, Fassbinder, Scorsese, Woody Allen.
Ahora: Cine independiente estadounidense, cine asiático, Tarantino, Wong kar Wai, González Iñárritu, Scorsese, Woody Allen [Dogma 95 y el cine latinoamericano independiente también deben estar en la lista]
Escritores favoritos en otras lenguas
Antes: Faulkner, Dos Passos, Camus, Sartre, Mann, Mailer.
Ahora: Auster, Amis, Sebald, Tabucchi, Magris, Murakami [¿Cómo? ¿Y Nabokov? Estás mal, Volpí]
Escritores favoritos en español
Antes: Borges, Vallejo, Arguedas, Neruda, Rulfo, Paz.
Ahora: Borges, Bolaño, Marías, Vila-Matas, Piglia [aumentaría a Manuel Puig, Sergio Pitol y César Aira]
Editoriales emblemáticas
Antes: Seix Barral, Sudamericana, Joaquín Mortíz, Era
Ahora: Anagrama, Alfaguara, Tusquets, Siruela [y Mondadori con fuerza últimamente. Y las editoriales independientes españolas como Acantilado, Libros del Asteroide, Periférica, Lengua de Trapo, las argentinas como Adriana Hidalgo, Eloísa Cartonera, Interzona, Mansalva, Eterna Cadencia, las peruanas como Estruendo Mudo, las mexicanas como Sexto Piso o Almadia]
Premios Literarios
Antes: Biblioteca Breve, Rómulo Gallegos
Ahora: Biblioteca Breve, Herralde, Alfaguara
Residencia fuera de sus países
Antes: Universidades estadounidenses, Londres, Barcelona, París, México DF
Ahora: Universidades estadounidenses, Barcelona, Madrid
Agentes
Antes: Carmen Balcells
Ahora: Antonia Kerrigan, Guillermo Schavelzon
Peculiaridades
Antes: Realismo mágico, realismo, literatura fantástica [y ese engendro llamado Novela Total]
Ahora: Realismo, ciencia ficción
Enemigos
Antes: Nacionalismo e imperialismo, otros grupos literarios
Ahora: Globalización, otros grupos literarios [monopolios como Google Books]
Aspiraciones
Antes: Premios, reconocimiento internacional, convertirse en conciencia de América Latina, pureza literaria
Ahora: Premios, reconocimiento internacional, dinero
Actividades paralelas
Antes: Conferencias, periodismo, columnas de análisis político, diplomacia
Ahora: Blogs, columnas de literatura, clases universitarias
Temas principales
Antes: América Latina
Ahora: ?
viernes 25 de diciembre de 2009
Diez recomendaciones para el año que viene
LOS LIBROS SON ESTOS:
Los perros de Tesalónica. Kjell Askildsen.
El testamento del doctor Mabuse. Fritz Lang
La vida de Brian. Monthy Python.
Persona. Ingmar Bergman.
Zelig. Woody Allen.
Sean felices pues.
lunes 21 de diciembre de 2009
Matutino
martes 15 de diciembre de 2009
El lenguaje mudo
El lenguaje mudo
Por Leila Guerriero
Piensa esto: piensa que lo primero que supo acerca de los libros fue, allá en la infancia, que así como había baños para niñas y baños para niños, había libros para niñas -Mujercitas- y libros para niños -Colmillo blanco, El faro del fin del mundo- que eran, precisamente, los libros que ella leía y que despertaban, en los adultos, una mirada de caritativa sospecha, como si leer libros sobre fareros y hombres en tierras de lobos pudiera convertirla, a ella, en farero, en hombre, en lobo. Piensa eso la mujer en el vagón del metro mientras intenta ocultar la portada del libro que lleva sobre la falda. El libro es de una autora respetable -Melissa Bank- pero tiene un título sospechoso -Manual de caza y pesca para chicas- y la mujer no quiere que nadie crea que ella es lo que ese título podría sugerir: una mujer en busca de marido siguiendo, para eso, las indicaciones de un tomo de autoayuda. En la infancia, piensa, era más fácil: había libros para niños y libros para niñas, y el que leía mucho podía parecer un poco raro, pero la lectura no era -además de un placer- especulación, carné de club: señal de pertenencia.
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Todo lector es dueño de un lenguaje encriptado que delinea las fronteras de su reino. En ocasiones ese lenguaje es fácil de entender y las fronteras del reino casi obvias: no es lo mismo decir Paulo Coelho que Mario Levrero; Sidney Sheldon que John Banville; La fortaleza digital que Yo el supremo; Isabel Allende que Grace Paley. Pero en ocasiones el lenguaje se pone muy sutil y entonces tampoco es lo mismo decir El palacio de la luna, de Paul Auster, que El libro de las ilusiones, de Paul Auster; ni decir Coetzee que Sándor Márai; ni decir Salinger y Bukowsky que DeLillo y Pynchon; ni decir Pedro Páramo que Cien años de soledad.
La mujer del vagón tiene su propio lenguaje encriptado, pero se pregunta si será o no un prejuicio pensar que no hay excepciones a la regla que dice que nada bueno puede esperarse de quien responda "Juan Salvador Gaviota" a la pregunta "¿Cuál es tu libro favorito?".
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Alguien parece interesante. De pronto dice: "¿Leíste El Código Da Vinci?".
Alguien parece interesante. De pronto dice: "Estoy descubriendo a un autor buenísimo. Se llama Paul Auster. ¿Lo conoces?".
Alguien se asombra: "¿Hermann Broch? ¿No será Brecht?".
Alguien tiene una enorme biblioteca de libros fabulosos y se nota, enormemente, que jamás ha tocado uno solo de todos esos libros fabulosos.
Alguien, en medio de una reunión banal, siente, de pronto, necesidad de declamar no soy de aquí, no pertenezco, y contrabandea nombres como Georges Perec, Stefan Zweig, Yasunari Kawabata, Felisberto Hernández, y tuerce la boca con desprecio cuando alguien dice "Murakami".
Alguien deja sobre la mesa de la sala, simulando una pila casual, una novela de Roberto Bolaño, un cómic de Art Spiegelman, dos ejemplares de The New Yorker, un libro de fotos de Diane Arbus.
Alguien responde, a la pregunta por su libro favorito, "El cazador oculto", y alguien piensa que es una respuesta obvia: un típico título de principiante.
Alguien responde, a la pregunta por su libro favorito, "El país de las sombras largas", y alguien piensa "Ada o el ardor", pero no dice nada, y sonríe, y siente que está bien: que no le importa.
Alguien entierra, tapia, esconde sus libros para salvarlos de la perdición, del fuego.
La mujer, ahora, se pregunta en qué momento los libros se transforman en banderas: en declaraciones de principios.
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Formas eficaces de saber: lectores que sienten pánico -y la boca seca y una parálisis en el costado izquierdo y serias dificultades para respirar- cuando alguien les pregunta "si tuvieras que salvar un solo libro de un naufragio, ¿cuál sería?"; lectores que rechinan los dientes -y sudan y ensayan una sonrisa tiesa y piden por favor un vaso de agua- cuando alguien les pregunta "si no pudieras releer más que un solo libro durante el resto de tu vida, ¿cuál sería?"; lectores que sueñan que su biblioteca se inunda y que, mientras nadan en un mar de pulpa de papel, hunden los dedos en cubiertas que se deshacen como mantequilla: lectores que despiertan aullando. Formas eficaces de saber: el grado de envenenamiento, la dependencia del elemento tóxico.
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Bibliotecas organizadas por nacionalidad -literatura rusa, francesa, española, mexicana-; por editoriales -Anagrama, Siruela, Tusquets, Fondo de Cultura Económica-; con estantes acusatorios de libros no leídos; plagadas de libros propios en espacio central y en primer plano. Bibliotecas que reflejan a lectores prácticos, decorativos, culposos, egomaniacos.
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Libros, instrucciones de uso: declarar en público que no se ha leído el Ulises y mucho menos En busca del tiempo perdido (eso, que era antes inconfesable, ahora se lleva mucho porque habla a las claras de alguien que ha leído tanto que puede declamar esa ignorancia sin ser tildado de bestia). No decir nunca nada malo sobre La conjura de los necios, de John Kennedy Toole (la misma regla es válida para cualquier título de Hunter Thompson, si se está en compañía de periodistas jóvenes). Evitar las siguientes discusiones, por peligrosas, con parejas queridas o amigos entrañables: a favor o en contra de American Psycho, de Breat Easton Ellis; a favor o en contra de Las partículas elementales, de Michel Houellebecq; a favor o en contra de Las Correcciones, de Jonathan Franzen; a favor o en contra de Las benévolas, de Jonathan Littell. Mencionar, en cualquier reunión, al menos una vez a Berger, a Sebald, a Pessoa. Decir, cuando se tenga ocasión, que Sándor Márai es aburrido. Decir, con la vista perdida en el fondo de un vaso, que Truman Capote era manipulador. Decir, con un suspiro, que las novelas de Cortázar envejecieron mal, pero que en cambio, ah, sus cuentos.
La mujer se pregunta por qué todos los fotógrafos argentinos parecen haber leído Zen en el arte del tiro con arco, del alemán Eugen Herrigel; todos los arquitectos chilenos a Rimbaud; todos los músicos latinos a Castaneda. Se pregunta de dónde vienen, en qué momento se aprenden esas reglas.
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Llevar bajo el brazo, al primer encuentro con un desconocido, un ejemplar de La tierra baldía, de T. S. Eliot. Llevar bajo el brazo, al primer encuentro con un desconocido, el Gödel, Escher, Bach, de Douglas R. Hofstadter. Llevar bajo el brazo, al primer encuentro con un desconocido, Armonía celestial, de Peter Esterházy. O El oficio de vivir, de Cesare Pavese, o Luz de agosto, de William Faulkner, o las Confesiones, de San Agustín, o La maravillosa vida breve de Óscar Wao, de Junot Díaz, o Viaje al fin de la noche, de Louis Ferdinand Celine, o Noche sin fortuna, de Andrés Caicedo, o El mundo según Garp, de John Irving. Esa sutil demarcación del territorio, esa forma de decir, sin decirlo, soy elegante y levemente trágico, soy específico, soy muy sofisticado, soy tan oscuro que casi adolescente, soy clásico, soy bien distinto, soy muy moderno, ojo conmigo, soy enterado, soy muy feliz.
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Sea como fuere, esto sucede una y otra y otra vez: la alegría infantil de sumergirse en una conversación inesperada con un completo desconocido para descubrirse, horas después -y bajo toneladas hipercalóricas de "¿leíste a tal?". "¡Sí! ¿Y leíste a tal?". "¡Sí! ¿Y leíste a tal?"-, pensando que ése, sí, es el comienzo de una gran amistad.
Y, sea como fuere, esto sucede, una y otra y otra vez: la felicidad íntima de coincidir en Lorrie Moore, en Julio Ramón Ribeyro, en Rohinton Mistry, en Scott Fitzgerald, en los siete pilares y en toda su sabiduría y entender -una y otra y otra vez- que todos esos libros no son una lista arbitraria de amores y rechazos, una demostración de habilidades, la insidiosa bruma de un prejuicio, sino la contraseña que permite reconocer a otro habitante de una patria terca en la que, de todos modos, nunca ha vivido mucha gente. Y quizás, piensa la mujer, por eso importa. Porque los libros son una forma de decir no me confundan. Ésta soy yo. En estas cosas creo. Ésta es mi patria.
jueves 12 de noviembre de 2009
Un apunte de Carlos Franz sobre los fans "adolescentes" de Bolaño
"¿Quién les dirá a los bolañitos que, en vez de venerar el libro de B., hay que estudiarlo, deshojarlo, desmenuzarlo, abusarlo y hasta torturarlo, hasta que cante, hasta que suelte —o no— el secreto de cómo lo hacía ese gran “hijo de puta” para escribir tan bien?"“Una tristeza insoportable”. Ocho hipótesis sobre la mela-cholé de B, en Bolaño salvaje (Edición de Edmundo Paz Soldán y Gustavo Faverón Patriau).
lunes 9 de noviembre de 2009
La primera noche
sábado 7 de noviembre de 2009
Textículo no apto para millonarias
viernes 6 de noviembre de 2009
Póstumo
jueves 5 de noviembre de 2009
Textículo del uno más
domingo 1 de noviembre de 2009
Textículo para paliar la tristeza
viernes 2 de octubre de 2009
Mudanzas
Para mis compañeros de la Fundación Antonio Gala, en el viaje compartido.
Mientras me dispongo a escribir, busco entre la música de mi computadora, Dios nunca muere. Ordeno en la lista de reproducción Pinotepa y la Canción Mixteca. Yo nací veracruzano, pero hijo de padre oaxaqueño, de esas noches oaxaqueñas que enamoran y hacen que a uno se le quiebre la garganta mientras mira hacia Antequera desde el cerro. Abro una cerveza y veo a mi alrededor, las bocinas producen un sonido potente que reverbera sobre las paredes ya vacías. Los estantes se han ido vaciando de libros. El armario no tiene ya ropa. Sobre el pasillo de entrada las cajas estibadas son el cementerio temporal de los últimos tres años. Sólo queda una litografía de Pollock, Lucifer, frente a mi cama, y otra de la etapa precubista de Picasso allá en la sala. Pienso en un poema de Fabio Morábito: “A fuerza de mudarme he aprendido a no pegar los muebles a los muros, a no clavar muy hondo, a atornillar sólo lo justo.” También en un vallenato colombiano: “Los caminos de la vida no son como yo pensaba, no son como yo creía, no son como imaginé.” Por vicisitudes del tiempo y del espacio he debido mudarme once veces desde que salí de la casa paterna. He aprendido en consecuencia a optimizar espacios, a etiquetar cajas, a emprender la huida con cierta comodidad, a respetar, como quiere Morábito, “las huellas de los viejos inquilinos, un clavo, una moldura, una pequeña ménsula que dejo en su lugar aunque me estorben.”
Pienso en el viaje que estoy próximo a realizar y recuerdo, mientras escucho la Canción mixteca en un acto lúdico-premonitorio, el movimiento shandy que con hilarante maestría narra Enrique Vila-Matas en la Historia abreviada de la literatura portátil. “Sólo buscaban viajar contándose historias”, escribe. Dos eran los requisitos para ser un shandy: un alto grado de locura y una obra que “no fuera pesada y cupiera fácilmente en un maletín, la otra condición indispensable sería la de funcionar como una máquina soltera”. El siempre polémico César Aira declaró hace poco que entre más páginas tiene un libro, menos literatura hay en él. Eso borra de un plumazo a Joyce y Mann, a Proust y al recientemente mitificado Stieg Larsson, pero lo cierto es que, estemos de acuerdo o no con el escritor argentino, no podemos negar que en un mundo que tiende a la reducción, a la portabilidad y al consumo, cada vez son más quienes cumplen con los requisitos para ser un shandy vilamatiano. No obstante, hace falta esperar un poco para que toda la brevedad que pulula ya en las editoriales y en las librerías, se depure y soporte la maleabilidad del tiempo para dar paso a la buena literatura, más allá del embuste y del debate entre las nuevas formas y la tradición, de los experimentos vanguardistas. Toda tradición fue alguna vez una ruptura.
Vivimos hoy el tiempo de la portabilidad como una de las bellas artes, pienso al seleccionar las escasas pertenencias que de acuerdo al peso permitido, podré llevar en mi equipaje. Es portable la computadora, el teléfono, el reproductor de música. El iPhone es tataranieto de la sinfonola, mientras que el e-reader y Amazon se disputan en los genes la herencia de Gutenberg. La literatura se transformará también, será portable, eso es seguro, pero seguirá viviendo para los que buscan recrearse o encontrar consuelo, conocimiento o simple diversión, viajar leyendo en tren, avión, o en el pesero, aún a riesgo de que se desprenda la retina. Siempre existirán lectores mientras existan viajeros, porque viaje y literatura forman una dualidad indisoluble. Uno emprende el arte del vagabundeo a causa de las pretensiones, tal vez románticas, de saber leer el mundo.
Durante las once mudanzas anteriores he perdido libros, he dejado atrás amigos, maestros, deudas. Con cada nuevo sitio pisado he ganado otros amigos, otros maestros, nuevas deudas impagables. Atesoro las enseñanzas de Teresita Acosta, de Jaqueline Jongitud y Francisco Tejeda Uscanga, la corrección despiadada y mordaz de Guillermo Samperio, el humor tlacotalpeño de Germán Dehesa, la sapiencia verbal de Gonzalo Celorio y la maestría política de José Luis Lobato. Este texto es pues, un texto agradecido y cariñoso, es también para Mariela y Andrés y Socorro; para Mojica, Gaona y Zara Bravo; para Pácatelas, Dámaris, La negra, Cañandonga, Leonor y Carmen Junco; para Óscar, Saúl, Guillermo, Adriana y Estrella; para Zama, Paty Fernández, Yacami, Brenda, Michelle, Jaime, Héctor Luis, Carlos Quijano, Ana Martha, Rosalía y Tere López; para Leobas, Fernanda y Amaury; para el Gordo y Carlos, Gabriel, Carmen, Juan Pablo, Cynthia, Mariana y Vanessa; para Tannia, Ricardo, Edith y Diana Alondra; para Abi, Ana, Alma Columba, el Fay, Ricaño, Noé Morales, Brenda y Daniela Bojórquez; para Malú y el viejo, que nunca se fue, por todo lo que les debo. Y a los que no están también, por omitirlos, más les debo todavía.
Con cada mudanza además he obtenido lecturas, libretas garrapateadas e incertidumbre. Es esta última la palabra que define al viaje, a la mudanza. “El viajero, el escritor –cito a Sergio Pitol en su arte de la fuga–, sólo tendrán certeza de la partida. Ninguno de ellos sabrá a ciencia cierta lo que ocurrirá en el trayecto, menos aún lo que le deparará el destino al regresar a su Ítaca personal.” Nada sobre mi futuro sé. Me basta por ahora releer a Kavafis: “No encontrarás otro país ni otras playas, llevarás por doquier y a cuestas tu ciudad; caminarás las mismas calles, envejecerás en los mismos suburbios, encanecerás en las mismas casas. Siempre llegarás a esta ciudad: no esperes otra […]”. Pienso en las maletas, pesadas como Carstens, en el jet-lag y en la escasez de euros. El modo aleatorio del ordenador reproduce la Sandunga. No me tardo, cuiden el changarro.
lunes 21 de septiembre de 2009
Tekstos desde la Kómoda Web
Foto tomada del FB de Guillomlunes 14 de septiembre de 2009
Textículo insólito que explica las incomprensibles razones de la vida política y de la suerte como una de las bellas artes
miércoles 9 de septiembre de 2009
Casa chica
lunes 7 de septiembre de 2009
Apunte concakafkiano
Anoche, mientras dormitaba viendo el noticiero de Televisa Deportes, alguno de esos brillantes analistas (creo que fue Arturo Brizio), al glosar el contundente triunfo de México frente a Costa Rica (potencia futbolera donde las haya, supongo) se refirió a lo difícil que se han vuelto los rivales "concacafquianos" para nuestra selección. Este tipo de comentaristas (Ricardo Peláez, El Perro Bermúdez, et. al.) se la pasan cometiendo dislates verbales al por mayor, pero en esta ocasión debo reconocer que la definición le queda "que ni mandado a hacer" al fútbol de estas tierras. Así mero, como lo oyen, este fútbol es, coincido, "concakafkiano". O cuasibeckettiano pues, pa' pronto.
sábado 29 de agosto de 2009
Madrazos literarios I
La revista Ñ publica esta semana un texto en el que Fogwill se lanza así:
"Discípulos: hace muchos años que tengo un solo alumno. Casi nunca falta, siempre paga y parece ir envejeciendo a la par mía. Soy yo, su manager, mi preceptor, su personal trainer, mi mentor secretísimo. Le enseño y él aprende y olvida a la par."
"Caí en la trampa mediática: comencé pensando sobre literatura y a poco de empezar ya estaba escribiendo acerca de novelas. Héctor Viel Temperley y Juan Gelman han escrito no menos de diez libros verdaderos y buenos sin infligirnos siquiera una sola novela y ninguna novela mala. Ignoro qué significa "novela mala". Ha de ser algo así como la electricidad, una cosa imprescindible, que todos usamos, que muy pocos podrían definir qué es y muchos menos alcanzar a entender lo que significa para la vida habitar un mundo dependiente de ella. [...] En las mismas semanas en que se distribuyó la obra completa del poeta y narrador Ricardo Zelarayán, las subsidiarias locales de las dos editoras más importantes de la lengua –Alfaguara y Mondadori– imprimieron en la Argentina réplicas de sus grandes apuestas del año, la primera novela del naïf americano Nathan Englander y la cuarta del argentino radicado en España Andrés Neuman. Han de haber impreso con estos productos toneladas de papel de buena calidad –árboles: ¡Arboles!– y algo de eso se venderá en librerías a razón de ciento veinte pesos el kilo, gracias a que los principales suplementos literarios han impreso, –¡Y a color!–, no menos de dos toneladas de papel de baja calidad con reportajes y crónicas de las andanzas de ambos autores y con críticas que mucho no difieren de las gacetillas de prensa de cada editorial. Un caso extremo se verificó entre el sábado 18 y el domingo 19 de julio pasados, cuando dos suplementos publicaron reportajes idénticos a Englander ilustrados con la misma fotografía (provista por el editor), y uno de ellos –el del domingo– lo anunció en su portada como "reportaje exclusivo" reproduciendo un diálogo telefónico en el que, a otras preguntas parecidas del empleado del diario del domingo, el pobre Englander daba las mismas respuestas publicadas en la víspera por un suplemento de los sábados. Es lo que hay. Los poemas de La obsesión del espacio que proyectaron a Zelarayán al centro de orientación de la literatura argentina fueron publicados en 1972. Era un año Puig, pero ya entonces también abundaban los Englander de su tiempo, gente que ahora, mientras se relee a Zelarayán y a Puig no figura ni en los catastros inmobiliarios de las pequeñas propiedades que compraron con sus éxitos de momento."
Cómo titular
¿Cuál será mi mejor título? En general se me conoce por Muchacha Punk, Los Pichiciegos, Vivir Afuera, Restos Diurnos y con Partes del Todo que no casualmente son cinco títulos pentasílabos. También se me vincula a tres libros a los que deliberadamente impuse un título heptasílabo: La experiencia sensible, En otro orden de cosas y Los libros de la guerra. Este último también me pertenece, pero al libro no lo escribí yo: lo compuso Francisco Garamona, de editorial Mansalva, a partir de varias resmas de fotocopias de diarios y revistas que circularon con mi firma y en cuyo rescate y agrupamiento contribuyeron la doctora María Pía López –gran atesoradora de cosas– y los infatigables Mica, Gustavo, Alejo y Sebastián. "Infatigable" también es un pentasílabo y, a la hora de titular libritos vale la pena detenerse a medir el número de sílabas y la ubicación de los acentos.
Acentos
Bien acentuadas, las sucesiones de cinco o siete sílabas, como las de once bien organizadas prometen un discurso más fluido que el que predomina en el habla y en el periodismo, aunque después el libro –como siempre me ocurre– termine frustrando cualquier expectativa de fluidez. Decía mi maestro que en la ficción hay que saber mentir bien desde el comienzo: el título. Mi maestro soy yo y por eso jamás titularía una obra "el presente", "el futuro" ni "el pasado" que, por tetrasílabos, en la lectura muda se oyen como dos nombres (Elfu Turo) ninguno de los cuales significa nada y, por simétricos (Tá-tá/Tá-ta) preanuncian una escritura tan moralista y escolar como los tiempos de conjugación verbales en los que se inspiran.
jueves 27 de agosto de 2009
Tres haikús postcoitales de César Matos
Rostros del contrapunto
en el espejo
caraluna mar
arpegio trastocado
horror del tiempo
de acero el aire
llanto postcoital prau prau
desgarramiento
viernes 21 de agosto de 2009
Hotel de película
Y ya por si poco fuera, me acaban de dar en la calle, una tarjeta de un antro-de-vicio-putrefacto-e-inmundo que reza: "En apoyo a la economía familiar bajamos nuestros precios. No pague propina de los meseros. No pague estacionamiento. No pague cover." No se pierdan las imágenes, pronto las subiré. Son, me parece, no sólo un elemento chusco sino una clave para descifrar la crispación económica y social que está meciendo a México.
miércoles 19 de agosto de 2009
Quiere cariño
domingo 9 de agosto de 2009
Dueños de la calle, de Élmer Mendoza
Dueños de la calle. Las mujeres que los siguen son rubias, hermosas como flor que muta cada día. Las presumen como si hubieran leído a Enrique Serna: "Nadie puede decir que es hombre si no ha estado en brazos de una mujer bonita". Se mueven en hummers, avionetas y autos de lujo. Sus botas exóticas, camisas de seda, joyas y lentes de marca, valen miles de dólares. La policía se les cuadra. Los buscan los políticos y algunos futuristas les muestran proyectos increíbles. Tienen su música y lo mejor: no sueñan. Ni despiertos. ¿Para qué? Lo tienen todo.
Les gusta ostentar, que se sepa que llegaron o que están allí; que son los jefes, los que provocan las mejores sonrisas y los gestos aprobatorios más resueltos. Pagan la música y el trago, y escuchan solicitudes de ayuda. Hacen negocios en efectivo y son los dueños de la calle.
Caminan con paso seguro, sonríen como héroes; saben que nadie les llamará a cuentas. Una mitad de la gente pronuncia su nombre con desconfianza, la otra con admiración. Como pueden apostar, discuten poco. No tienen miedo a morir, por eso viven cada día como si fuera el último. No especulan: lo saben. Por lo mismo practican placeres eternos como el sexo, la gula, la embriaguez, la presunción o enviarle almas al señor. Son sumamente religiosos.
Los demás, los numerosos pobres, la perrada, saben que sólo siguiendo su ejemplo cambiarán de estatus; saben que el trabajo asalariado sólo enriquece a los patrones y correrán el riesgo. Quieren pasear en camionetas del año, que las chicas los admiren y que la policía se haga la vista gorda. El billete verde es el que vale. También son los que morirán pero tampoco importa. Dejarán suficiente para que se construya una tumba grande con columnas, una cúpula de azulejos verdes o naranja y un espacio donde luzcan sus fotos y sus objetos más preciados. A través del cristal de la puerta todos sabrán quién fue. Le compondrán corridos y la familia contará sus hazañas.
Se conversará de sus botas con punteras de plata, de sus cinturones pitiados y de sus camionetas cuatro por cuatro. De su temeridad y de sus chicas. De su pistola de cachas de oro y de su puntería. Qué importa que apenas supiera leer y hablara en monosílabos. Si se salva, será la sangre nueva, el que sabe jugársela y las balas le pasan rozando porque tiene pactos con Malverde, san Judas Tadeo y la Santa Muerte. También con la Guadalupana que no lo desampara ni de noche ni de día; por eso la trae tatuada junto a su mamá, porque madre sólo hay una. A poco no.
Delincuentes con este perfil infestan las ciudades. Toman sus calles y sus fiestas como un ejercicio del poder que les da el dinero y su poco respeto por la vida ajena. Sus armas son modernas, han oído que son trascendentes para la economía nacional y lo disfrutan. Todos los días son noticia y eso es estimulante. La relación con sus subordinados es vertical y cruel de ser necesario. Esta actitud, en los últimos tiempos, ha modificado la relación mesiánica que mantenían con el grueso de la población. La guerra los ha vuelto intransigentes y desesperados. Sanguinarios. Más selectivos con sus protegidos.
Sus rubias, que también son una expresión cultural, permanecen en sus casas contemplando su guardarropa. El hombre anda peleando o con una chiquilla de entrepierna más cálida. Son sustituibles y ellos tienen corazón de condominio. El par de hijos que procrean les garantizará estabilidad financiera mientras el hombre viva; después quién sabe.
La nota roja se ha convertido en el indicador de la clase de sociedad que somos: una sociedad con pocos valores, sin esperanza y condenada a vivir al día; y los jóvenes, ese estatus tan poco comprometido, eligen sus modelos, fácilmente optan por el principio de que vale más vivir cinco años como rey que cincuenta como buey. El universo del deseo tiene una línea y está muy bien definida. En poco tiempo puedes conseguirlo y perderlo todo, pero, ¿qué es la vida sin esa movilidad? Un sacrificio que no vale la pena. La Universidad hace años que dejó de ser opción y los trabajos decentes son para estar hambrientos. La decencia es carísima.
La guerra contra la violencia ha generado el culto a la declaración. Todos los días, funcionarios de cualquier nivel hacen declaraciones que nadie comprende y cuando se entienden dan risa, porque todo sigue igual, salvo los muertos que al final son un solo dolor, porque sicarios y soldados pertenecen a la misma clase. Han convertido el ajedrez en juego de damas.
Por otro lado, nada detiene la inmensa ola de sustitutos. Quince millones de jóvenes de entre 15 y 20 años esperan ser enganchados, entrenados y apostar a la única posibilidad que tienen ante la miseria lacerante. Piensan que así es como se vive la vida y van por ella. ¿Hay otra manera? No de inmediato. Parece que la delincuencia es el camino más seguro de gozar, aunque sea un poco, la calidad de vida de este tiempo. Los habitantes de rancherías y pueblos cuando triunfan jamás regresan a vivir entre los suyos; eso sí, patrocinan reparaciones de templos, escuelas y calles, pueden pasar un día por allí, beber una cerveza con la gente, comer un chivito y enamorar a la más linda, pero nada más. Donde hay que lucir y ejercer el poder es en los centros urbanos.
Ahora, sus conductas visibles son parte del patrimonio intangible. Al principio y durante muchos años fue un negocio con sus etapas; es decir, tiempos de bonanza o lo contrario; pero todo negocio ilícito se respalda en la muerte y ahora parece que matar es el primer plano. Lo que en José Alfredo: la vida no vale nada, era un pensamiento tal vez producto de una decepción amorosa o de una posible lectura de un soneto de Quevedo, en este tiempo se ha convertido en una postura ideológica frente a la posibilidad de matar o morir. Desde luego la temeridad de los jóvenes es superior a la generación anterior, en que los sicarios eran gente madura. De bigote, decían, que habían elegido ese oficio sin mayor emoción. Ahora es una forma de ser y de distinguirse en la tribu.
Las ciudades más golpeadas por la violencia son ciudades de jóvenes. Uno camina por sus calles y no se detecta ningún miedo. La mayoría de sus habitantes caminan con normalidad; eso sí, alertas, porque en cualquier momento puede llegar su oportunidad.
En América Latina, la marginalidad, esa manifestación de las periferias urbanas segregadas del progreso. Las asesinadas de Ciudad Juárez vivieron en una de ellas. Están cobrando caro su incorporación a la ciudad. En Buenos Aires, São Paulo, Río de Janeiro, Bogotá, Medellín, Lima, Panamá, Tijuana y Morelia, se escuchan historias de fuego, donde la violencia es cotidiana y los Gobiernos han perdido parte del control. Acabaron con la guerrilla, ¿por qué no han podido con los narcos? La respuesta no es, por supuesto, la del millón.
Como siempre, la violencia viste bien, come bien, duerme bien y tiene futuro. Además, ha generado una estética en la vida y en el arte y, por ahora, es parte de nuestra identidad.
miércoles 5 de agosto de 2009
Razones por las que no me gusta viajar en ADO
Sí, ya sé, soy un intolerante y no me alcanza para mi jet privado. Además últimamente el cielo de México escupe LearJets. Y qué, y qué, y qué.
domingo 2 de agosto de 2009
Peter Stamm, puntillista

Peter Stamm no admite concesiones en su historia. Conforme avanza la novela, el narrador nos sumerge en un juego metaliterario en donde la gran protagonista, más allá del personaje, es la literatura. Agnes ha muerto –nos dice al iniciar la novela–. Ha muerto por una historia.
—Tiene que pasar algo que haga la historia más interesante—le dije por fin a Agnes.
—¿No eres feliz con lo que tenemos?
—Sí que lo soy—dije—, pero la felicidad no da para buenas historias. La felicidad no se puede describir. Es como la niebla, el humo, transparente y volátil. ¿Has visto alguna vez a un pintor que haya sabido pintar el humo?
Fuimos al Art Institute of Chicago en busca de un cuadro de la niebla o el humo, o una estampa con personas felices. Ante Un Dimanche d’été à l’Île de la Grande Jatte de Seurat nos detuvimos largamente. El autor no había pintado personas felices, pero el cuadro irradiaba una paz que se aproximaba mucho a lo que buscábamos. Representa la orilla de un río en una tarde de domingo. Se ven paseantes, y aquí y allá, entre los árboles de un prado, personas descansando. (1ª. ed. Ed. Acantilado, Barcelona, 2001, p. 64)
Y acto seguido nos habla del puntillismo creado por Seurat, precursor del neoimpresionismo:
Cuando nos acercamos, el cuadro se disolvió en un mar de minúsculos puntos. Se difuminaron los contornos, y los planos se confundieron. Los colores no estaban mezclados sino yuxtapuestos como en un gobelino. No había tonos blancos ni negros puros. Cada plano reunía todos los colores, que sólo a cierta distancia producían el efecto de un todo. (p. 65)
Así parece estar construida la novela de Stamm, sin grandes alardes literarios y con una técnica puntillista si se ve de cerca. Es sólo al contemplar el conjunto, cuando logra apreciarse la maestría de los planos yuxtapuestos, de los personajes que no han sido pintados con tonos contundentes sino en una aparente policromía —el medio pelo quizá— y que van afirmándose a la distancia. Por lo pronto, debo decir que la novela me ha cautivado, y que agradezco sin más el obsequio hecho por Fernando López, generosamente. Debiéramos regalar libros más a menudo, sobre todo en un país en donde la mayoría de su gente no lee ni en defensa propia.
martes 14 de julio de 2009
Sábado en Tlaxcoapan
Feliz cumpleaños tigre
Hoy cumple 80 años el poeta mexicano Eduardo Lizalde. La obra de Lizalde está ya inscrita con letras de oro en la poesía mexicana. Su lectura es imprescindible y mucho debe la obra de los poetas "jóvenes" a este grande. El próximo domingo habrá un homenaje en Bellas Artes para celebrar su 80 aniversario. Allá nos vemos. Salud, tigre. AMOR
La regla es ésta:
dar lo absolutamente imprescindible,
obtener lo más,
nunca bajar la guardia,
meter el jab a tiempo,
no ceder,
y no pelear en corto,
no entregarse en ninguna circunstancia
ni cambiar golpes con la ceja herida;
jamás decir "te amo", en serio,
al contrincante.
Es el mejor camino
para ser eternamente desgraciado
y triunfador
sin riesgos aparentes.
EL TIGRE REAL, EL AMO, EL SOLO, EL SOL...
El tigre real, el amo, el solo, el sol
de los carnívoros, espera,
está herido y hambriento,
tiene sed de carne,
hambre de agua.
Acecha fijo, suspenso en su materia,
como detenido por el lápiz
que lo está dibujando,
trastornada su pinta majestuosa
por la extrema quietud.
Es una roca amarilla:
se fragua el aire mismo de su aliento
y el fulgor cortante de sus ojos
cuaja y cesa al punto de la hulla.
Veteado por las sombras,
doblemente rayado,
doblemente asesino,
sueña en su presa improbable,
la paladea de lejos, la inventa
como el artista que concibe un crimen
de pulpas deliciosas.
Escucha, huele, palpa y adivina
los menores espasmos, los supuestos crujidos,
los vientos más delgados.
Al fin, la víctima se acerca,
estruendosa y sinfónica.
El tigre se incorpora, otea, apercibe
sus veloces navajas y colmillos,
desamarra
la encordadura recia de sus músculos.
Pero la bestia, lo que se avecina
es demasiado grande
-el tigre de los tigres-.
Es la muerte
y el gran tigre es la presa.
martes 7 de julio de 2009
miércoles 1 de julio de 2009
Feliz cumpleaños Onetti

Balada del ausente*
Entonces no me des un motivo por favor
No le des conciencia a la nostalgia,
La desesperación y el juego.
Pensarte y no verte
Sufrir en ti y no alzar mi grito
Rumiar a solas, gracias a ti, por mi culpa,
En lo único que puede ser
Enteramente pensado
Llamar sin voz porque Dios dispuso
Que si Él tiene compromisos
Si Dios mismo le impide contestar
Con dos dedos el saludo
Cotidiano, nocturno, inevitable
Es necesario aceptar la soledad,
Confortarse hermanado
Con el olor a perro, en esos días húmedos del sur,
En cualquier regreso
En cualquier hora cambiable del crepúsculo
Tu silencio
Y el paso indiferente de Dios que no ve ni saluda
Que no responde al sombrero enlutado
Golpeando las rodillas
Que teme a Dios y se preocupa
Por lo que opine, condene, rezongue, imponga.
No me des conciencia, grito, necesidad ni orden.
Estoy desnudo y lejos, lo que me dejaron
Giro hacia el mundo y su secreto de musgo,
Hacia la claridad dolorosa del mundo,
Desnudo, sólo, desarmado
bamboleo mi cuerpo enmagrecido
Tropiezo y avanzo
Me acerco tal vez a una frontera
A un odio inútil, a su creciente miseria
Y tampoco es consuelo
Esa dulce ilusión de paz y de combate
Porque la lejanía
No es ya, se disuelve en la espera
Graciosa, incomprensible, de ayudarme
A vivir y esperar.
Ningún otro país y para siempre.
Mi pie izquierdo en la barra de bronce
Fundido con ella.
El mozo que comprende, ayuda a esperar, cree lo que ignora.
Se aceptan todas las apuestas:
Eternidad, infierno, aventura, estupidez
Pero soy mayor
Ya ni siquiera creo,
En romper espejos
En la noche
Y lamerme la sangre de los dedos
Como si la hubiera traído desde allí
Como si la salobre mentira se espesara
Como si la sangre, pequeño dolor filoso,
Me aproximara a lo que resta vivo, blando y ágil.
Muerto por la distancia y el tiempo
Y yo la, lo pierdo, doy mi vida,
A cambio de vejeces y ambiciones ajenas
Cada día más antiguas, suciamente deseosas y extrañas.
Volver y no lo haré, dejar y no puedo.
Apoyar el zapato en el barrote de bronce
Y esperar sin prisa su vejez, su ajenidad, su diminuto no ser.
La paz y después, dichosamente, en seguida, nada.
Ahí estaré. El tiempo no tocará mi pelo, no inventará arrugas, no me inflará las mejillas
Ahí estaré esperando una cita imposible, un encuentro que no se cumplirá.
sábado 20 de junio de 2009
LaChapelle en San Ildefonso

viernes 19 de junio de 2009
Exterminio
En la primera semana de fumigaciones cayeron unas cuantas cucarachas de tamaño mediano. El horno del microondas se averió tras descubrir que el tablero era el escondite de una cucaracha de las grandes que justo en el momento de la irrupción del aerosol, se dio a la fuga. La mano justiciera no quiso perseguirla porque en el camino estaban las tortillas, los huevos sobre un cesto, la bolsa de pan de caja y el frasco de la mermelada. Por la noche soñó que construía una cárcel para cucarachas justo debajo de su cama y se sintió el can Cerbero custodiando a sus víctimas. Luego el penal comenzó a sobrepoblarse bajo sus espaldas, vio a los insectos amotinarse, masa vertiginosa estallando mientras la más chingoncita de las cucarachas escapaba y a él se lo comía la legión de bichos allí, sobre su cama.
Ante los embates vigorosos, las cucarachas se vieron forzadas a cambiar de estrategia. Decidieron anidar en el cajón de los cubiertos, adonde el aerosol no llegaba, como si se tratara de un campo para refugiados. Parecían haber invocado a la Cruz Roja Internacional y a los Convenios de Ginebra. Las muy astutas gozaban de inmunidad y seguían causando estragos y bajas. En medio de una iracunda persecución, el tostador cayó de la alacena, quedando inservible. Al día siguiente, dos moscas víctimas de levantones, amanecieron flotando en las aguas heladas de la cafetera. Al lado, una servilleta con heces de cucaracha cumplía la función semiótica de mensaje velado que estremeció sobremanera al hombre. Supo entonces que no había remedio. Salió muy temprano y nadie volvió a verlo. En el cajón de los cubiertos, los cuchillos reían a coro.
domingo 14 de junio de 2009
Sangre
listening to the terror through the wall
Allen Ginsberg, Howl, I.
Dos treinta de la madrugada. Despierto agitado. La pesadilla ha sido espeluznante. Mi cara está bañada en sudor. No es sudor, me toco, tengo la viscosidad de la sangre sobre el rostro, un hueco en el estómago, sangre, mucha sangre. Tengo el cuerpo completo empapado en sangre. Me levanto de la cama, de esta mi cama, me arrastro sobre el borde y quiero despertar pero no puedo, voy hacia el interruptor de la luz, pero la luz no se enciente. Abro la puerta y sigo caminando ensangrentado, me he limpiado la cara con un pañuelo desechable y no sé, no puedo ver si es sangre o no, camino hacia el pasillo, la luz del pasillo tampoco prende, entro al baño y puedo verme en la penumbra goteando, pero tampoco es posible encender la luz del baño. Voy a la sala, las luces de la sala, de esta mi sala –rodeada de ladrillos rojos- no prenden. Me acerco a la estufa, la lumbre está prendida, pero con todo y que la lumbre está prendida, yo no logro verme a la cara ni ver mis dedos, nada; me asomo por la ventana pero en la ventana ya no es esta mi casa sino otra casa que también tiene ladrillos rojos –como aquellas casas de las cuadrillas del ferrocarril que recuerdo haber visitado en Villa Azueta-. Afuera hay una lumbre que parece fuego fatuo, pero no hay luces. Intento acercarme a la lumbre de la cocina y paso por una puerta que ya no es ninguna puerta de esta mi casa, me asomo y veo al fondo una puerta abierta, es la puerta abierta de par en par de la casa de mi madre. En la casa de mi madre hay dos sillones, los sillones que hizo el abuelo, están sobre la puerta obstaculizando la entrada de la puerta, pero la puerta está abierta y afuera está amaneciendo. También está la hamaca en donde descansaban mi madre y mi padre, y en donde descansaba yo también cuando iba de visita. La puerta, pienso, se ha quedado abierta y yo estoy durmiendo con la puerta abierta. Intento entonces ir a cerrar la puerta. En el patio ladra un perro que no es mi perro, se escucha como un mastín, y ese perro ladra enfurecido y yo pienso que hay alguien acechando la casa en el patio, ese patio de la casa y que no es el patio de mi casa, pero es, entiendo mi casa, y entonces el perro ladra y yo me preocupo con la preocupación del quien anda allí y voy y aseguro la puerta del patio. No alcanzo a ver sino la sombra de alguien que se desliza por la puerta de la entrada a casa. Intento cerrar la puerta, estoy cerrando la puerta cuando empieza una música, no es en vano decir que mis sueños usualmente tienen música y cuando despierto tarareo esa música y recuerdo la letra. Pero esta vez se trata de una música sacra, una música sacra salida como de un cuento de Poe, terribilísima. Está amaneciendo, mi tía Herme viene llegando y entiendo que mamá no está en casa y ella, como siempre que mamá no está en casa, viene a cuidar la casa. Siento un alivio tremendo y le digo qué bueno que estás aquí, pasa. No sabía que habías venido hijo, dice –rarísimo aquello porque ella no dice nunca hijo sino motatito– y yo le digo sí, hace días que llegué, cuánto tiempo tiene que mamá no está aquí, pregunto y ella me dice una semana y entonces comprendo. Me acerco a la puerta, ella pasa y yo me tranquilizo, siento paz, una serenidad hermosa de saber que ella está ahí y que. Y entonces deja de importarme si alguien más ha traspuesto el vano de la puerta y me acerco y voy hacia ella para abrazarla, para calmar mis temores de pesadilla, porque yo sé que es una pesadilla. Ella dice: ¡Ay! Esa música que estás escuchando es una música de miedo, es una música como de pesadilla, y yo no entiendo por qué a mi tía esa música no le gusta, es una misa de réquiem, indudablemente es una misa de réquiem, pero no es ni Verdi pavoroso ni Mozart masónico ni Fauré esperanzador. No conozco esa misa de réquiem. De pronto, es de una benevolencia inconmensurable, misa oficiada por un dios misericorde y enano que acaba afeando el concierto. Voy hacia el estéreo y lo apago. Entonces despierto, y tras unos segundos que me parecen minutos, tomo el vaso de agua que descansa sobre el buró, me siento sobre el colchón, tomo un poco de agua, regreso el vaso al buró pero me equivoco y el vaso cae derramando el agua y me empapa el pijama. Siento el líquido correr por mis piernas como si fuera sangre, como en la pesadilla. Enciendo la luz y entiendo que no podré dormir más hasta que le cuente el sueño a alguien, que es esta grabación que estoy haciendo mientras el recuerdo del sueño me oprime y me pregunto qué fue lo que causó ese sueño pavoroso si he cenando ligero, he leído Los premios, de Julio Cortázar, antes he terminado la Breve historia de la revolución mexicana de Silva-Herzog. Intentaré volver a la cama, ya he monologado un buen rato en silencio.
Monetarista
El camino es polvoriento y hace un calor de canícula veracruzana. De lejos nos sigue un perro pequeño. Voy enojado porque no puedo entender cómo mi padre pudo engañar a mamá, si además de todas sus virtudes, ya está muerto. Lo he reconvenido, he estado a punto de golpearlo. El perro, que ya se acerca, es corriente y está, como dirían hoy los organismos de derechos humanos, en situación de calle. El perro nos empareja el paso, ladra. Pienso en que a mí me gustan los perros grandes y me exasperan los perros miniatura al tenor de cuidado-con-el-perro... no-vayas-a-pisarlo. Los ladridos se vuelven constantes mientras el perro anda y me mira de lado. No soporto más, visualizo su cabeza como un balón de americano y girando sobre mi eje le propino un tremendo patadón en la mandíbula. El perro se aleja lloriqueando. Nomás quería pa’ sus chelas, dice mi padre. Su voz es ahora tan triste como antes lo fueron sus ojos. Despierto.
Espresso y gelato

viernes 12 de junio de 2009
PROMETEO (Un poema de Renato Leduc)
ACTO I
PROMETEO, CRATOS, HEFESTOS
CRATOS
(a Prometeo)
Por fin hemos llegado
al siniestro confín de Recabado.
Tú, padrote de de putas miserables,
quedarás enclavado en esta roca,
un chancro fagedénico en tu boca
dejará cicatrices imborrables.
(a Hefestos)
Y tú, cojo cabrón, ya palideces
como si fueras a correr su suerte.
Átalo pronto, que si no, mereces
¡oh! ¡pendejo inmortal, que te dé muerte!
HEFESTOS
(para sí)
Yo no tengo la culpa de apreciarle,
juntos corrimos memorable juerga.
¡Oh miseria! ¡Oh dolor! Tener que atarle
de pies y manos, de pescuezo y verga.
CRATOS
¿Acabarás por fin con la tarea
que Zeus te encomendó...?
HEFESTOS
¡Que yo no vea
realizarse mis fúnebres temores...!
CRATOS
Déjate de lamentos y clamores
y di ¿qué es lo que temes insensato?
¿acaso quieres que valor te preste?
HEFESTOS
(profético)
Que no te llegue el doloroso rato
que estás haciendo padecer a este;
que tu pene inmortal no se convierta
en huachinango con la boca abierta;
que tu miembro viril erecto y seco
no escurra nunca pasta de pebeco.
CRATOS
¿Qué palabras fatídicas brotaron
del cerco de tus dientes, desdichado?
Jamás los vaticinios me asustaron
porque el ánimo tengo bien templado.
No cumplida verás tu predicción
yo nunca voy con putas de a tostón.
Además, en las aguas del Pocito
invunerable se volvió mi pito.
HEFESTOS
No te jactes, ¡oh Cratos!, del telúrico
miembro viril que te obsequió Natura,
mira que hay chancros de ácido sulfúrico
que polvo vuelven a la piedra dura.
CRATOS
No me asustas, no soy de tus pendejos;
abstente de dictar nuevos consejos
y acaba de forjar esas cadenas...
HEFESTOS
Bien forjadas están, mayores penas
sufren quien forja que quien solo manda
con duro acento...
CRATOS
(a Prometeo)
...Anda
Titánida feroz, lleno de dolo,
¡decláranos la guerra!
Desciende hasta la Tierra
donde viven los hombres cual lombrices
y enséñales placeres que tan solo
reservados están a los felices.
Si a las efímeras piedad te mueve,
enséñalas a hacer sesenta y nueve.
Titánida feroz, lleno de dolo,
aquí te vas a ver jodido y solo,
que las putas de lengua articulada
nada pueden hacer, no pueden nada...
(vanse)
ACTO II
PROMETEO, HERMES, CORO DE OCEÁNIDAS
PROMETEO
(encadenado se dirige a los elementos)
Éter sulfúrico, bebidas embriagantes,
claros raudales de tequila Sauza;
Vedme sujeto a pruebas torturantes
y sin saber siquiera por qué causa!
¡Oh twenty dollars coin que ruedas mansamente
por el tapete azul del infinito;
vástago de Hiperión, dios igniscente
apaga los ardores de mi pito!
Tú, que brindas tu luz a los mortales
cual cerúlea linterna,
mírame padecer horrendos males...
Como la Hidra de Lerna
llevo en mi sangre gérmenes fatales.
Tierra nutricia, asfalto de la calle,
soñoliento gendarme de la esquina,
impide que la inquina
de Zeus Cronida sobre mí restalle
(escuchando un batir de alas que se aproxima)
Alguien viene. ¿quién es? ¿baja del cielo
un inmortal para tomarme el pelo?
CORO DE OCEÁNIDAS
Desdichado titán, hemos venido
veloces desde el fondo del Océano
para tenderte una piadosa mano
en el momento en que te ves jodido.
Relátanos por qué quiso el Cronida
tenerte así, con la cabeza erguida
con los brazos en cruz y ¡oh cruel tirano!
con un falo metido por el ano.
Refiérenos también, uno por uno,
los pormenores de tu cruel suplicio.
¿Por el chiquito te cogiste a Juno?
¿Rompiste sin querer el orificio
ambrosiano y sutil, por donde mea,
a la divina Palas Atenea...?
PROMETEO
¡Oh, prole innumerable de Pánfilo Zendejas!
Ya que piadosas escucháis mis quejas,
ya que venís del fondo del Océano
para tenderme una piadosa mano,
os voy a referir por qué delito
quiso el Cronida cercenarme el pito.
Los hombres miserables por el monte
vagaban, persiguiendo a las mujeres,
y su coito tenía los caracteres
que tiene el coito del iguanodonte.
Yo los vi cohabitar en las cavernas
sin un petate en que tender las piernas,
sin otra almohada que la roca dura.
Tan solo conocían una postura
para efectuar el acto del amor...
Transido de dolor
yo enseñé a los mortales industriosos
cuarentas y sesis maneras de joder.
Sabiamente les hice comprender
que en esto de los lances amorosos
se llega al non plus ultra del placer
dando cierta postura a la mujer.
Por mí supieron que el sesenta y nueve
obedece a las leyes del Clynamen
porque yo lo enseñé, ahora mueve
cualquier mujer el blando caderamen.
Mi enseñanza cundió por el Urano
y jodieron hermano con hermana
y los dioses sintieron en el ano
"una sensual hiperestesia humana".
Tal es, dulces deidades, mi delito;
tal es el crimen de que se me acusa;
por él se quiere convertirme el pito
en una inútil cafetera rusa.
OCEÁNIDA
Desdichado Titán, te he de decir
que por falta de pene no habrás mengua.
Confórmate que allá en le porvenir
lo que habrás menester será la lengua.
PROMETEO
Si me hubiera tejido la puñeta
no sintiera el dolor de que taladre
mi canal uretral la espiroqueta...
(a Hermes que llega)
Mensajero fatal ¡Chinga a tu madre!
HERMES
(cantando)
Tal parece que estás arrepentido...
PROMETEO
¡Oh Zeus, tirano fermentido,
sé que voy a sufrir y me conformo...!
LAS OCEÁNIDAS
(retirándose)
¡Qué olor tan espantoso a yodoformo...
PROMETEO
(bajo el bisturí de Hermes)
¡Ay...!
OCEÁNIDAS
(en la lejanía)
¡Que caray...! ¡Que caray...!
viernes 29 de mayo de 2009
De última hora
1. Que dice Chávez que "él como intelectual es un soldado".
2. Que dice Vargas Llosa que fue "acaso un gesto para la galería o una emboscada" (y apenas se dieron cuenta, asumo)
3. Que dice Krauze que es "una cobardia (...) y que perdió la oportunidad de hablar con uno de los más importantes escritores del mundo" y... (sonido de bombo y platillos) ...
4. Que dice Castañeda que Chávez "se rajó" y que ellos querían "un diálogo de ideas con el dueño del circo, que es el Presidente Chávez"
Ergo, los intelectuales afines a Chávez son, en el argot de Castañeda, unos animales.
Lo demás es silencio, o como dijo el canaca, querido lector: ahí véale, apúntele bien.































