Verá,
hace diez años que conduzco el asilo de ancianos Mier y Pesado. Le sigo
diciendo así por costumbre, pero desde hace tres ya no se llama asilo, sino
residencia para adultos mayores Mier y Pesado. A mí eso de las terminologías me
resulta insustancial, por cualquier parte. Los términos cambian pero la
sociedad se sigue corrompiendo. Cuanto más se corrompe una sociedad, más se
pervierte el lenguaje. Se empieza por decirle sexoservidoras a las prostitutas,
pero sus condiciones de vida siguen igual o empeoran. Los minusválidos pasan
pronto a ser llamados con capacidades diferentes. No entiendo en qué nos
benefician estos calificativos mojigatos, si todo sigue igual. Los ancianos de
este hospicio no tendrán mejores condiciones de vida por el simple hecho de que
la seguridad social decida llamarles adultos mayores. No saldrían a hacer
jogging ni aunque les llamáramos los de la juventud acumulada. Siguen aquí.
Huelen a naftalina y a piel que se les va pudriendo bajo la dermis.
Estar aquí no es fácil. Hay un sueño recurrente que me
asedia: Está amaneciendo, aún no sale el sol y la niebla todavía se divisa
sobre el patio. Estoy en una cama del asilo. Una sábana blanca recién
esterilizada me cubre débilmente, está raída. Afuera se escucha el carraspeo de
los viejos, los escupitajos sobre las baldosas, las toses de los tísicos, los
quejidos de las ancianas. Comienzo a tener frío. Quiero despertar pero no
puedo. Poco a poco los ruidos se van silenciando, se vuelven susurros. Al
principio son susurros débiles, pero después se acercan y los cientos de
susurros se van convirtiendo en un solo susurro que crece, sube por las paredes
y llega hasta mi habitación en el segundo piso, convertido en horrísona carcajada.
Otra vez el silencio. Los escucho subir por las escaleras. Por un instante
recobran el paso ágil, hasta diría que suben corriendo, en tropel. Ninguna voz,
sólo sus pasos. Por una razón inexplicable, apenas subir las escaleras vuelven
a su paso cansado, lento. Entonces comienzan a arrastrar los pies enfundados en
pantuflas de piel. Las pisadas son correosas. Empujan sus carreolas, dan de
bastonazos con furia reprimida. Se acercan. Se acercan.
Los días que tengo ese sueño
simplemente no puedo hacer bien nada. Llego tarde al asilo. Las cosas no
funcionan. Mi mujer se levanta de mal humor. Los niños amanecen enfermos.
Ninguna corbata combina con el traje o descubro que los trajes están todos en
la tintorería y que sólo me queda aquella chaqueta vieja de cuando era
estudiante. El coche no arranca. Por lo general la pesadilla me visita en
jueves. Los fines de semana deberían comenzar los jueves y terminarse los
lunes. Seríamos más productivos, haríamos más y mejor el amor y no habría que
decidir los domingos si ir a misa o ver En
familia con Chabelo, por el canal 2. Desde luego, asumo que al ser el lunes
el último día de la semana, uno de los dos tendría que cambiar su programa de
día. La Iglesia o Chabelo. Supongo que lo haría Chabelo, pues si bien es cierto
que lleva ya más de treinta años vistiéndose de niño, haciendo voz de niño y
cantando canciones de niño, también es cierto que la Iglesia lleva mucho tiempo
más en el negocio. Aunque quizá desde hace algunos años ya los únicos que vemos
el programa somos los ateos y aquellos que crecimos con él en nuestras vidas,
desde que éramos niños. —Hola, soy
Chabelo, quieres ser mi cuate. De niño siempre quise ir a su estudio de
grabación, aunque fuera sólo de espectador, aunque nunca me volteara a ver para
bajar a concursar en una catafixia. No me eligió nunca, nunca. —¿Qué pasó, cuate? Supongo que siempre lo
supo.
Olvidaba
decir que el Mier y Pesado es un viejo palacete de los tiempos de la dictadura.
Es acogedor, bonito. Tiene forma de U. La primera planta habría de ser el lugar
de recepciones y banquetes, que daría el caudillo. En la segunda estaban las
habitaciones familiares. Imagino que el hombre quería construir su Versalles
tropical, pero no le alcanzó el tiempo. Antes de que pudiera concluirlo
apareció una revolución que lo hizo dimitir e irse al exilio. Muchas tardes me
quedo parado al lado de mi ventana, en el segundo piso, mirando al horizonte,
hasta donde terminan los jardines del palacio en ruinas. Imagino al caudillo,
viejo, solitario, enfundado en su viejo uniforme de campaña mientras parte al
exilio a bordo del Ipiranga. Las revoluciones son como los cuentos de hadas. Se
acaban en el momento en que se larga el dictador, los revolucionarios se besan
y se abrazan, después se pelean entre sí, pero al final se contentan y entonces
aparece el cintillo que dice que fueron felices para siempre. No. Las
revoluciones no son como los cuentos de hadas. Son cuentos de hadas. Nadie nos
dice después lo que pasa con el dictador; a nadie le interesa escudriñar la soledad
de sus pensamientos a bordo del Ipiranga, o cuando se pasea por las anchas
avenidas europeas. Alguien decía que la experiencia era un valioso peine que
los hombres usan cuando ya están calvos. Poco importa. Está lejos. No hay
peligro, aunque al país lo siga corroyendo su sistema o acabe implantándose un
nuevo sistema, igual o peor de corrosivo.
El estudio de El Hombre preside la nave central. Es un
verdadero búnker con un solo ventanal que mira a los jardines. De cuarto de
guerra a oficina de loquero cuidaviejitos, qué le parece.
Me gusta pararme junto a esa ventana y encender la pipa,
como buen analista freudiano. Por lo regular es allí donde ordeno mis
pensamientos.
Desde
hace un tiempo me he aficionado a la serie Lo
que no fue. El programa es simple. ¿Lo ha visto? Una reportera hurga en la
vida de los artistas, gente medianamente famosa y se dedica a entrevistar a la
familia, a los maestros de escuela, que por lo general balbucen frases hechas:
Sí fue un buen alumno, tuvo notas sobresalientes y ya desde pequeño se le veía
que iba a ser artista. Yo siempre supe que tenía futuro, dicen las tías. Su
padre se oponía pero yo le daba por su lado, las madres. Mientras se realizan
esas inmersiones al pasado, la voz del testimonio se va silenciando con ecos
para dar paso a viejas fotografías que desfilan en pantalla. A los artistas se
les ve de niños vestidos de marineritos, llorando en la peluquería o sonriendo
montados en los caballitos de feria. De vez en cuando entrevistan a las
exnovias, a las exmujeres. Eso tiene muy mal gusto. Tanto como cuando van y
consultan a la cartomántica del mercado de Sonora para ver qué le depara el
futuro al artista. El programa es más bien malo, pero no tengo nada mejor que
hacer a esa hora.
Hace unos meses dieron un extenso reportaje dividido en dos
episodios en el que hablaban de Chabelo. Comenzaron hablando de sus inicios en
televisión como correveidile, así que no me interesó mucho. Fui a la cocina y
me preparé un sándwich de queso. Abrí una cerveza. Cuando regresé decían que se
llamaba Xavier López y que era una de esas pocas vidas ejemplares de la
farándula. Dejé de prestar atención. Comencé a sumergirme en mis pensamientos
mientras en la pantalla se veía a un Chabelo muy joven que con cada corte de la
cámara y cambio de plano, se iba haciendo un hombre maduro en el mismo plató,
frente a la misma audiencia bien portada de siempre, con los mismos chistes
gastados y las tradicionales catafixias. Luego las arrugas comenzaban a
aparecer en el rostro, el cuerpo se iba encorvando, todo cambiaba en aquel
estudio, el mobiliario, los colores, la decoración, todo, menos el traje
infantil de Chabelo. Sí, claro, pensé,
es fácil ser ejemplar cuando la vida transcurre en el plató y a nadie le interesa
hurgar fuera. Nada decían de su vida privada, era claro que había una
instrucción al respecto. Apagué el televisor. Qué cabrón el que haya editado
esos vídeos, pensé. Mostrar la decadencia de Chabelo ha sido su venganza
secreta. No hay ingenio que no evada o debilite la censura. Uno siempre
encuentra la manera de salirse con la suya.
En
el segundo episodio intentaron corregir el desperfecto. Casi estoy seguro de
que despidieron al que editó esas imágenes en el primer capítulo. Ahora se
mostraban fotos de un Chabelo siempre vigoroso, rozagante. Pasaron un vídeo
inédito donde un jovencísimo Xavier López de cabellos largos y chaqueta de
cuero cantaba una rockera con enjundia y voz templada. El vídeo estaba en
blanco y negro y sensiblemente editado. La voz alcanzaba altos registros. La
cámara giraba en un ángulo de 180 grados. Parecía querer convencernos de que el
hombre tenía una vocación innata para ser un rockstar. Hacía temblar la
guitarra, modulaba la voz y la impostaba. Alcancé a ver unas gafas de alta
graduación, a lo John Lennon. La reportera dijo que Xavier llegó a tocar en
Avándaro aquella misma tarde en que según mi madre se quedó preñada. All you need is love, love, love. Perdí
por un rato el monólogo de la presentadora. Cuando regresé de mi
ensimismamiento, la imagen del intento de rockstar se había congelado ya en una
pantalla que aparecía en el fondo del set. Al frente, la mujer vestida de
riguroso traje sastre remataba el programa diciendo: Este es Xavier López de
carne y hueso, el de la voz más versátil de México, el hombre que pudo ser como
Jim Morrison, pero prefirió ser el niño infatigable que sigue llevando sonrisas
y amor a todos nuestros hogares.
Mientras los créditos aparecían en pantalla, comenzó a sonar
Light My Fire con el Chabelo rockstar
de fondo.
Yo
de niño no pedía mucho, sólo quería un autógrafo. Muchos años después comencé a
asistir a clases de vocalización para ser la voz en off que anuncia los regalos
en el programa. Pero nunca se abría la vacante. Siempre está allí ese señor
Aguilera que cambia de voz cada año y nadie se da cuenta. Cada año se convoca a
un casting. Voz en off de conocido programa, anuncia el cartel misterioso
pegado en las puertas de la televisora. Aparece puntualmente el día 12 de
diciembre, cuando todos se han ido al Cerro del Tepeyac a festejar a la virgen.
Sólo yo sé que se trata de la voz en off para En familia. No me preguntes cómo, pero lo sé.
Carajo, ya empecé a tutearte, no lo tomes como un signo de
debilidad sino de cariño. He estado en los castings de los últimos diez años,
los mismos que llevo aquí, dirigiendo el asilo. Nunca llego a la etapa final,
esa en la que Xavier López en persona elige al señor Aguilera del año, o mejor
dicho, lo catafixia.
Ya
va siendo hora de que vuelva al trabajo. Como verás, este escenario no es bueno
ni malo, sólo es diferente. Aquí la vida transcurre lenta pero segura, sin las
estridencias de la gente en la calle, sin preocupaciones. Los viejecitos
tranquilos, sin nadie que sepa quiénes son. Con un poco de suerte y mis buenos
oficios, el vecino de cama podría padecer alzheimer, por lo que nada sabrá de
ti, no recordará haberte visto al día siguiente. Nunca reciben visitas. Nadie
se burla de sus arrugas y sus estrías, de sus carnes muertas. Quién va a
hacerlo si todos están igual. Todos estos años, mientras veía el programa,
mientras los niños concursantes tenían que elegir entre dos enormes cajas
sorpresa, cambiar la elegida por una tercera, a ciegas, sin saber lo que había
dentro de aquellas, he pensado que ese acto de catafixiar una cosa por otra, es
un acto que determina las vidas de los televidentes. Se desafía al libre
albedrío pero al mismo tiempo se le afirma.
¿Cuál
era el objetivo de poner a los niñitos a elegir de forma tan abrupta, mientras
todo el país permanecía expectante? Apenas elegir el niño, una edecán abría la
caja. A veces la caja elegida contenía una bicicleta, unos patines, un juego de
sala. En otras, la crueldad tocaba a las puertas del mismísimo infierno y
detrás de la puerta había una escoba de bruja o un kilo de plátanos. —Ni modo, cuate, gritabas. —Híjole, cuate, híjole, no podías
contener la risa. —¿Por qué hiciste eso,
cuate? Lo recriminabas y fingías llorar. ¿Qué coño esperabas? ¿Querías
enseñarles que la vida es dura? ¿Sabes que le jodiste la vida a algunos que
nunca más se atrevieron a elegir, incluso en su vida adulta? ¿Sabes cuántos
fracasados hay en este país por tu culpa?
Sí, es cierto, la vida es así, a veces nos toca elegir, a
veces nos toca que sean otros los que elijan, como cuando en una acción de dios
padre te tocabas el corazón y sacabas del bolsillo unos billetes a modo de
premio de consolación. Visión reduccionista o simplista de la historia, llámale
como quieras, pero la vida es así, una catafixia, querido Chabelo. Una de las
razones por las que te he traído aquí es para poder darte el beneficio del
libre albedrío. Ahora te toca elegir. Quedarte aquí como uno más, o salir con
los pies por delante. A ver cuate, piénsale bien.