jueves 12 de noviembre de 2009

Un apunte de Carlos Franz sobre los fans "adolescentes" de Bolaño

"¿Quién les dirá a los bolañitos que, en vez de venerar el libro de B., hay que estudiarlo, deshojarlo, desmenuzarlo, abusarlo y hasta torturarlo, hasta que cante, hasta que suelte —o no— el secreto de cómo lo hacía ese gran “hijo de puta” para escribir tan bien?"


“Una tristeza insoportable”. Ocho hipótesis sobre la mela-cholé de B, en Bolaño salvaje (Edición de Edmundo Paz Soldán y Gustavo Faverón Patriau).

lunes 9 de noviembre de 2009

La primera noche

El poeta del kimono se revuelve en su ataúd y grita: La poesía no existe. La poesía no existe. Las manos le tiemblan como si tocara las maracas. No existe. No existe. La poesía no existe. Tú tampoco wey, ya cállate y deja dormir, dice el vecino de al lado. El poeta del kimono se pone chungo y entonces comienza a canturrear lo de Mecano: Hoy no me puedo levantar. Hoy no me puedo levantar.

sábado 7 de noviembre de 2009

Textículo no apto para millonarias

Tras una vida de opulencia y escuelas de monjas, la nena comenzó a viajar entre provincias. Desde el descapotable rojo divisó el uniforme paisaje en obra negra. ¿Cómo-se-le-llama-a-eso-daddy? Candorosacasasgrisesseprecipitabanentrecerrosdispares Pobreza, dijo el otro. La ciudad terminaba unos kilómetros adelante.

viernes 6 de noviembre de 2009

Póstumo

La semana pasada salieron a la luz —por fin— las obras completas del poeta del kimono. Los rumores apuntan que al morir trabajaba en su haikú más ambicioso, con el que habría sumado cuatro. Ya se escriben varias tesis al respecto.

jueves 5 de noviembre de 2009

Textículo del uno más

123 está encabronado y con razón. En el aeropuerto lo hacen pasar bajo el detector de metales. Como es natural, después de sonar, lo cachean. —¿Qué trae ahí? Le pregunta el guardia de seguridad mientras intenta encontrar el arma oculta y señala a la entrepierna. 123 contesta flemático: —El pito. Luego muestra la charola que lo acredita como funcionario y sale.

domingo 1 de noviembre de 2009

Son Montuno para Juan Bautista

Oye Salomé, perdónalo... perdónalo... perdónalo...

Textículo para paliar la tristeza

Como aún no se siente poeta ni tiene kimono, al poeta le da por cantar todas las tardes para no deprimirse. Engola la voz y entona: Aserejé ja de jé de jebe tu de jebere sebi nouva majabi an de bugui an de buididipí. Baila hasta caer rendido y sudoroso. Luego se toca. Y duerme.

viernes 2 de octubre de 2009

Mudanzas

Para Alejandra Ramzahuer, que viaja.
Para mis compañeros de la Fundación Antonio Gala, en el viaje compartido.


Mientras me dispongo a escribir, busco entre la música de mi computadora, Dios nunca muere. Ordeno en la lista de reproducción Pinotepa y la Canción Mixteca. Yo nací veracruzano, pero hijo de padre oaxaqueño, de esas noches oaxaqueñas que enamoran y hacen que a uno se le quiebre la garganta mientras mira hacia Antequera desde el cerro. Abro una cerveza y veo a mi alrededor, las bocinas producen un sonido potente que reverbera sobre las paredes ya vacías. Los estantes se han ido vaciando de libros. El armario no tiene ya ropa. Sobre el pasillo de entrada las cajas estibadas son el cementerio temporal de los últimos tres años. Sólo queda una litografía de Pollock, Lucifer, frente a mi cama, y otra de la etapa precubista de Picasso allá en la sala. Pienso en un poema de Fabio Morábito: “A fuerza de mudarme he aprendido a no pegar los muebles a los muros, a no clavar muy hondo, a atornillar sólo lo justo.” También en un vallenato colombiano: “Los caminos de la vida no son como yo pensaba, no son como yo creía, no son como imaginé.” Por vicisitudes del tiempo y del espacio he debido mudarme once veces desde que salí de la casa paterna. He aprendido en consecuencia a optimizar espacios, a etiquetar cajas, a emprender la huida con cierta comodidad, a respetar, como quiere Morábito, “las huellas de los viejos inquilinos, un clavo, una moldura, una pequeña ménsula que dejo en su lugar aunque me estorben.”

Pienso en el viaje que estoy próximo a realizar y recuerdo, mientras escucho la Canción mixteca en un acto lúdico-premonitorio, el movimiento shandy que con hilarante maestría narra Enrique Vila-Matas en la Historia abreviada de la literatura portátil. “Sólo buscaban viajar contándose historias”, escribe. Dos eran los requisitos para ser un shandy: un alto grado de locura y una obra que “no fuera pesada y cupiera fácilmente en un maletín, la otra condición indispensable sería la de funcionar como una máquina soltera”. El siempre polémico César Aira declaró hace poco que entre más páginas tiene un libro, menos literatura hay en él. Eso borra de un plumazo a Joyce y Mann, a Proust y al recientemente mitificado Stieg Larsson, pero lo cierto es que, estemos de acuerdo o no con el escritor argentino, no podemos negar que en un mundo que tiende a la reducción, a la portabilidad y al consumo, cada vez son más quienes cumplen con los requisitos para ser un shandy vilamatiano. No obstante, hace falta esperar un poco para que toda la brevedad que pulula ya en las editoriales y en las librerías, se depure y soporte la maleabilidad del tiempo para dar paso a la buena literatura, más allá del embuste y del debate entre las nuevas formas y la tradición, de los experimentos vanguardistas. Toda tradición fue alguna vez una ruptura.

Vivimos hoy el tiempo de la portabilidad como una de las bellas artes, pienso al seleccionar las escasas pertenencias que de acuerdo al peso permitido, podré llevar en mi equipaje. Es portable la computadora, el teléfono, el reproductor de música. El iPhone es tataranieto de la sinfonola, mientras que el e-reader y Amazon se disputan en los genes la herencia de Gutenberg. La literatura se transformará también, será portable, eso es seguro, pero seguirá viviendo para los que buscan recrearse o encontrar consuelo, conocimiento o simple diversión, viajar leyendo en tren, avión, o en el pesero, aún a riesgo de que se desprenda la retina. Siempre existirán lectores mientras existan viajeros, porque viaje y literatura forman una dualidad indisoluble. Uno emprende el arte del vagabundeo a causa de las pretensiones, tal vez románticas, de saber leer el mundo.

Durante las once mudanzas anteriores he perdido libros, he dejado atrás amigos, maestros, deudas. Con cada nuevo sitio pisado he ganado otros amigos, otros maestros, nuevas deudas impagables. Atesoro las enseñanzas de Teresita Acosta, de Jaqueline Jongitud y Francisco Tejeda Uscanga, la corrección despiadada y mordaz de Guillermo Samperio, el humor tlacotalpeño de Germán Dehesa, la sapiencia verbal de Gonzalo Celorio y la maestría política de José Luis Lobato. Este texto es pues, un texto agradecido y cariñoso, es también para Mariela y Andrés y Socorro; para Mojica, Gaona y Zara Bravo; para Pácatelas, Dámaris, La negra, Cañandonga, Leonor y Carmen Junco; para Óscar, Saúl, Guillermo, Adriana y Estrella; para Zama, Paty Fernández, Yacami, Brenda, Michelle, Jaime, Héctor Luis, Carlos Quijano, Ana Martha, Rosalía y Tere López; para Leobas, Fernanda y Amaury; para el Gordo y Carlos, Gabriel, Carmen, Juan Pablo, Cynthia, Mariana y Vanessa; para Tannia, Ricardo, Edith y Diana Alondra; para Abi, Ana, Alma Columba, el Fay, Ricaño, Noé Morales, Brenda y Daniela Bojórquez; para Malú y el viejo, que nunca se fue, por todo lo que les debo. Y a los que no están también, por omitirlos, más les debo todavía.

Con cada mudanza además he obtenido lecturas, libretas garrapateadas e incertidumbre. Es esta última la palabra que define al viaje, a la mudanza. “El viajero, el escritor –cito a Sergio Pitol en su arte de la fuga–, sólo tendrán certeza de la partida. Ninguno de ellos sabrá a ciencia cierta lo que ocurrirá en el trayecto, menos aún lo que le deparará el destino al regresar a su Ítaca personal.” Nada sobre mi futuro sé. Me basta por ahora releer a Kavafis: “No encontrarás otro país ni otras playas, llevarás por doquier y a cuestas tu ciudad; caminarás las mismas calles, envejecerás en los mismos suburbios, encanecerás en las mismas casas. Siempre llegarás a esta ciudad: no esperes otra […]”. Pienso en las maletas, pesadas como Carstens, en el jet-lag y en la escasez de euros. El modo aleatorio del ordenador reproduce la Sandunga. No me tardo, cuiden el changarro.

lunes 21 de septiembre de 2009

Tekstos desde la Kómoda Web

Foto tomada del FB de Guillom

"Los condones que usan los enanos son una microficción", escribe el querido Guillermo Samperio a.k.a. Guillom, quien estrenó blog en febrero de este año y yo, como de muchas otras cosas, apenas me di cuenta. Guillermo, además de ser un maestro del cuento moderno (diría sin temor a exagerar que es nuestro Carver) es un acerado escritor de microficciones, haikús y otras formas poéticas intensas. Aquí la dirección electrónica, con la incitación a su lectura: http://www.guillermosamperio.blogspot.com/

lunes 14 de septiembre de 2009

Textículo insólito que explica las incomprensibles razones de la vida política y de la suerte como una de las bellas artes

Fue tan mal secretario particular, que su jefe decidió hacerlo diputado.

miércoles 9 de septiembre de 2009

Casa chica

Hoy abrió sus puertas este portalito de cal y arena: www.labamba.com.mx que será espacio de reflexión de y para los veracruzanos. Y también para los que no lo sean. Como todo mexicano debe tener su casa chica, les comento que tendré allí una columna que he intitulado "Lejos de Veracruz", por escribir de este lado, el de afuera.
Pronto además escribiré desde otra orilla, la española, donde seré residente de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores durante el período 2009-2010. Por lo pronto, agradezco a Luis Guillermo Franco la invitación para participar en este proyecto encomiable, donde cada viernes estaré colaborando con algunas reflexiones, crónicas, apuntes de viaje. Están todos cordialmente invitados. Vale.

lunes 7 de septiembre de 2009

Apunte concakafkiano

Anoche, mientras dormitaba viendo el noticiero de Televisa Deportes, alguno de esos brillantes analistas (creo que fue Arturo Brizio), al glosar el contundente triunfo de México frente a Costa Rica (potencia futbolera donde las haya, supongo) se refirió a lo difícil que se han vuelto los rivales "concacafquianos" para nuestra selección. Este tipo de comentaristas (Ricardo Peláez, El Perro Bermúdez, et. al.) se la pasan cometiendo dislates verbales al por mayor, pero en esta ocasión debo reconocer que la definición le queda "que ni mandado a hacer" al fútbol de estas tierras. Así mero, como lo oyen, este fútbol es, coincido, "concakafkiano". O cuasibeckettiano pues, pa' pronto.
PS. Dios salve a Giovanni y nos guarde de Belinda.

sábado 29 de agosto de 2009

Madrazos literarios I

En Argentina, como en el Eclesiastés, vanidad de vanidades, todo es vanidad. Hace poco, en la Feria Internacional del Libro de Guayaquil (2009), César Aira se aventó esta declaración no menor: "Mientras más grueso es un libro, menos literatura tiene". Ahora, en la presentación de sus Cuentos Completos, ha sido Rodolfo Fogwill quien se ha aventado a repartir madrazos y autoelogios.

La revista Ñ publica esta semana un texto en el que Fogwill se lanza así:

"Discípulos: hace muchos años que tengo un solo alumno. Casi nunca falta, siempre paga y parece ir envejeciendo a la par mía. Soy yo, su manager, mi preceptor, su personal trainer, mi mentor secretísimo. Le enseño y él aprende y olvida a la par."

Y ya encarrerado escribe sobre las novelas malas:

"Caí en la trampa mediática: comencé pensando sobre literatura y a poco de empezar ya estaba escribiendo acerca de novelas. Héctor Viel Temperley y Juan Gelman han escrito no menos de diez libros verdaderos y buenos sin infligirnos siquiera una sola novela y ninguna novela mala. Ignoro qué significa "novela mala". Ha de ser algo así como la electricidad, una cosa imprescindible, que todos usamos, que muy pocos podrían definir qué es y muchos menos alcanzar a entender lo que significa para la vida habitar un mundo dependiente de ella. [...] En las mismas semanas en que se distribuyó la obra completa del poeta y narrador Ricardo Zelarayán, las subsidiarias locales de las dos editoras más importantes de la lengua –Alfaguara y Mondadori– imprimieron en la Argentina réplicas de sus grandes apuestas del año, la primera novela del naïf americano Nathan Englander y la cuarta del argentino radicado en España Andrés Neuman. Han de haber impreso con estos productos toneladas de papel de buena calidad –árboles: ¡Arboles!– y algo de eso se venderá en librerías a razón de ciento veinte pesos el kilo, gracias a que los principales suplementos literarios han impreso, –¡Y a color!–, no menos de dos toneladas de papel de baja calidad con reportajes y crónicas de las andanzas de ambos autores y con críticas que mucho no difieren de las gacetillas de prensa de cada editorial. Un caso extremo se verificó entre el sábado 18 y el domingo 19 de julio pasados, cuando dos suplementos publicaron reportajes idénticos a Englander ilustrados con la misma fotografía (provista por el editor), y uno de ellos –el del domingo– lo anunció en su portada como "reportaje exclusivo" reproduciendo un diálogo telefónico en el que, a otras preguntas parecidas del empleado del diario del domingo, el pobre Englander daba las mismas respuestas publicadas en la víspera por un suplemento de los sábados. Es lo que hay. Los poemas de La obsesión del espacio que proyectaron a Zelarayán al centro de orientación de la literatura argentina fueron publicados en 1972. Era un año Puig, pero ya entonces también abundaban los Englander de su tiempo, gente que ahora, mientras se relee a Zelarayán y a Puig no figura ni en los catastros inmobiliarios de las pequeñas propiedades que compraron con sus éxitos de momento."

Más mesurado se nota cuando habla de sus procedimientos:

Cómo titular
¿Cuál será mi mejor título? En general se me conoce por Muchacha Punk, Los Pichiciegos, Vivir Afuera, Restos Diurnos y con Partes del Todo que no casualmente son cinco títulos pentasílabos. También se me vincula a tres libros a los que deliberadamente impuse un título heptasílabo: La experiencia sensible, En otro orden de cosas y Los libros de la guerra. Este último también me pertenece, pero al libro no lo escribí yo: lo compuso Francisco Garamona, de editorial Mansalva, a partir de varias resmas de fotocopias de diarios y revistas que circularon con mi firma y en cuyo rescate y agrupamiento contribuyeron la doctora María Pía López –gran atesoradora de cosas– y los infatigables Mica, Gustavo, Alejo y Sebastián. "Infatigable" también es un pentasílabo y, a la hora de titular libritos vale la pena detenerse a medir el número de sílabas y la ubicación de los acentos.

Acentos
Bien acentuadas, las sucesiones de cinco o siete sílabas, como las de once bien organizadas prometen un discurso más fluido que el que predomina en el habla y en el periodismo, aunque después el libro –como siempre me ocurre– termine frustrando cualquier expectativa de fluidez. Decía mi maestro que en la ficción hay que saber mentir bien desde el comienzo: el título. Mi maestro soy yo y por eso jamás titularía una obra "el presente", "el futuro" ni "el pasado" que, por tetrasílabos, en la lectura muda se oyen como dos nombres (Elfu Turo) ninguno de los cuales significa nada y, por simétricos (Tá-tá/Tá-ta) preanuncian una escritura tan moralista y escolar como los tiempos de conjugación verbales en los que se inspiran.

jueves 27 de agosto de 2009

Tres haikús postcoitales de César Matos

Voces de agua
Rostros del contrapunto
en el espejo

caraluna mar
arpegio trastocado
horror del tiempo

de acero el aire
llanto postcoital prau prau
desgarramiento

viernes 21 de agosto de 2009

Hotel de película

Próxima la mudanza, me ha dado por salir a recorrer mi barrio, a olisquear el peligro y reconocer los sitios por donde se pasea lo más selecto de Garibaldi. Muy cerca de la calle Incas, donde está el hotel Moderno (allí donde las goteras "La tía" y "La gorda" perpetraron el crimencito contra Espectrito y la Parkita) se encuentra este hotel, que ante la crisis y el shock económico anunciado por el secretario de Hacienda, así se promociona:



¿A qué se referirá? ¿Están pensando lo mismo que yo o soy el único de mente cochambrosa por aquí? Las interpretaciones posibles quedan a su consideración, lectores queridos. Desde luego, para tan exclusiva zona residencial, no podían faltar los baños V.I.P.:

Y ya por si poco fuera, me acaban de dar en la calle, una tarjeta de un antro-de-vicio-putrefacto-e-inmundo que reza: "En apoyo a la economía familiar bajamos nuestros precios. No pague propina de los meseros. No pague estacionamiento. No pague cover." No se pierdan las imágenes, pronto las subiré. Son, me parece, no sólo un elemento chusco sino una clave para descifrar la crispación económica y social que está meciendo a México.

miércoles 19 de agosto de 2009

Quiere cariño

Para Ana, Iván y Arturo, cofradía élfica.

Abordas. Diario malo despliega foto policroma. Encabezado letras grandes. Quiere cariño. Intentas penetrar ojos. Tristeza. Frivolidad. Vergüenza. Como si fuera posible saber. Fotochop encubre arrugas, estrías. Retoca. Realza. Disimula. Cuerpo estatua renacentista. Quiere cariño. No adjunta teléfono dónde preguntar. ¿Tienes servicio? ¿Cuánto por hora? ¿Vienes o voy? Soy modelo, no puta, pendejo, parecen decir pose artificial y rubia ídem. Sonríes. Quiere cariño. Sopor. Vagón abre puertas. Sales. Subes escaleras. Metro Bondojito. Cerrarán pronto. Anciana desdentada. ¿No gustaría pasar rato agradable, joven? Frío infame. Limosna siete pesos y sigues. Gasto equivalente a comprar pasquín donde rubia labios inyectados insiste. Quiere cariño.

domingo 9 de agosto de 2009

Dueños de la calle, de Élmer Mendoza

Este sábado, Babelia (EL PAÍS) publica un "reportaje" de Élmer Mendoza, que a continuación copypasteo (chéquense el verbajo que acabo de aventarme). Lo leo y siento en el autor la misma pulsión que tienen sus novelas, instrumentos acerados en la descripción, belleza, sí, belleza salvaje como escribiera Rilke. Frente a la violencia desbordada en ciudades como Tijuana, Ciudad Juárez o Morelia, donde sólo al amanecer se reportan más de diez cadáveres diarios, la Gomorra de Roberto Saviano debe parecer a los narcos mexicanos una blandenguería y la Camorra napolitana, un juego de niños. Dejo, sin más, la radiografía del narco de Élmer Mendoza:

Dueños de la calle. Las mujeres que los siguen son rubias, hermosas como flor que muta cada día. Las presumen como si hubieran leído a Enrique Serna: "Nadie puede decir que es hombre si no ha estado en brazos de una mujer bonita". Se mueven en hummers, avionetas y autos de lujo. Sus botas exóticas, camisas de seda, joyas y lentes de marca, valen miles de dólares. La policía se les cuadra. Los buscan los políticos y algunos futuristas les muestran proyectos increíbles. Tienen su música y lo mejor: no sueñan. Ni despiertos. ¿Para qué? Lo tienen todo.

Les gusta ostentar, que se sepa que llegaron o que están allí; que son los jefes, los que provocan las mejores sonrisas y los gestos aprobatorios más resueltos. Pagan la música y el trago, y escuchan solicitudes de ayuda. Hacen negocios en efectivo y son los dueños de la calle.

Caminan con paso seguro, sonríen como héroes; saben que nadie les llamará a cuentas. Una mitad de la gente pronuncia su nombre con desconfianza, la otra con admiración. Como pueden apostar, discuten poco. No tienen miedo a morir, por eso viven cada día como si fuera el último. No especulan: lo saben. Por lo mismo practican placeres eternos como el sexo, la gula, la embriaguez, la presunción o enviarle almas al señor. Son sumamente religiosos.

Los demás, los numerosos pobres, la perrada, saben que sólo siguiendo su ejemplo cambiarán de estatus; saben que el trabajo asalariado sólo enriquece a los patrones y correrán el riesgo. Quieren pasear en camionetas del año, que las chicas los admiren y que la policía se haga la vista gorda. El billete verde es el que vale. También son los que morirán pero tampoco importa. Dejarán suficiente para que se construya una tumba grande con columnas, una cúpula de azulejos verdes o naranja y un espacio donde luzcan sus fotos y sus objetos más preciados. A través del cristal de la puerta todos sabrán quién fue. Le compondrán corridos y la familia contará sus hazañas.

Se conversará de sus botas con punteras de plata, de sus cinturones pitiados y de sus camionetas cuatro por cuatro. De su temeridad y de sus chicas. De su pistola de cachas de oro y de su puntería. Qué importa que apenas supiera leer y hablara en monosílabos. Si se salva, será la sangre nueva, el que sabe jugársela y las balas le pasan rozando porque tiene pactos con Malverde, san Judas Tadeo y la Santa Muerte. También con la Guadalupana que no lo desampara ni de noche ni de día; por eso la trae tatuada junto a su mamá, porque madre sólo hay una. A poco no.

Delincuentes con este perfil infestan las ciudades. Toman sus calles y sus fiestas como un ejercicio del poder que les da el dinero y su poco respeto por la vida ajena. Sus armas son modernas, han oído que son trascendentes para la economía nacional y lo disfrutan. Todos los días son noticia y eso es estimulante. La relación con sus subordinados es vertical y cruel de ser necesario. Esta actitud, en los últimos tiempos, ha modificado la relación mesiánica que mantenían con el grueso de la población. La guerra los ha vuelto intransigentes y desesperados. Sanguinarios. Más selectivos con sus protegidos.

Sus rubias, que también son una expresión cultural, permanecen en sus casas contemplando su guardarropa. El hombre anda peleando o con una chiquilla de entrepierna más cálida. Son sustituibles y ellos tienen corazón de condominio. El par de hijos que procrean les garantizará estabilidad financiera mientras el hombre viva; después quién sabe.

La nota roja se ha convertido en el indicador de la clase de sociedad que somos: una sociedad con pocos valores, sin esperanza y condenada a vivir al día; y los jóvenes, ese estatus tan poco comprometido, eligen sus modelos, fácilmente optan por el principio de que vale más vivir cinco años como rey que cincuenta como buey. El universo del deseo tiene una línea y está muy bien definida. En poco tiempo puedes conseguirlo y perderlo todo, pero, ¿qué es la vida sin esa movilidad? Un sacrificio que no vale la pena. La Universidad hace años que dejó de ser opción y los trabajos decentes son para estar hambrientos. La decencia es carísima.

La guerra contra la violencia ha generado el culto a la declaración. Todos los días, funcionarios de cualquier nivel hacen declaraciones que nadie comprende y cuando se entienden dan risa, porque todo sigue igual, salvo los muertos que al final son un solo dolor, porque sicarios y soldados pertenecen a la misma clase. Han convertido el ajedrez en juego de damas.

Por otro lado, nada detiene la inmensa ola de sustitutos. Quince millones de jóvenes de entre 15 y 20 años esperan ser enganchados, entrenados y apostar a la única posibilidad que tienen ante la miseria lacerante. Piensan que así es como se vive la vida y van por ella. ¿Hay otra manera? No de inmediato. Parece que la delincuencia es el camino más seguro de gozar, aunque sea un poco, la calidad de vida de este tiempo. Los habitantes de rancherías y pueblos cuando triunfan jamás regresan a vivir entre los suyos; eso sí, patrocinan reparaciones de templos, escuelas y calles, pueden pasar un día por allí, beber una cerveza con la gente, comer un chivito y enamorar a la más linda, pero nada más. Donde hay que lucir y ejercer el poder es en los centros urbanos.

Ahora, sus conductas visibles son parte del patrimonio intangible. Al principio y durante muchos años fue un negocio con sus etapas; es decir, tiempos de bonanza o lo contrario; pero todo negocio ilícito se respalda en la muerte y ahora parece que matar es el primer plano. Lo que en José Alfredo: la vida no vale nada, era un pensamiento tal vez producto de una decepción amorosa o de una posible lectura de un soneto de Quevedo, en este tiempo se ha convertido en una postura ideológica frente a la posibilidad de matar o morir. Desde luego la temeridad de los jóvenes es superior a la generación anterior, en que los sicarios eran gente madura. De bigote, decían, que habían elegido ese oficio sin mayor emoción. Ahora es una forma de ser y de distinguirse en la tribu.

Las ciudades más golpeadas por la violencia son ciudades de jóvenes. Uno camina por sus calles y no se detecta ningún miedo. La mayoría de sus habitantes caminan con normalidad; eso sí, alertas, porque en cualquier momento puede llegar su oportunidad.

En América Latina, la marginalidad, esa manifestación de las periferias urbanas segregadas del progreso. Las asesinadas de Ciudad Juárez vivieron en una de ellas. Están cobrando caro su incorporación a la ciudad. En Buenos Aires, São Paulo, Río de Janeiro, Bogotá, Medellín, Lima, Panamá, Tijuana y Morelia, se escuchan historias de fuego, donde la violencia es cotidiana y los Gobiernos han perdido parte del control. Acabaron con la guerrilla, ¿por qué no han podido con los narcos? La respuesta no es, por supuesto, la del millón.

Como siempre, la violencia viste bien, come bien, duerme bien y tiene futuro. Además, ha generado una estética en la vida y en el arte y, por ahora, es parte de nuestra identidad.

miércoles 5 de agosto de 2009

Razones por las que no me gusta viajar en ADO

La señora gorda que se arrana al lado tuyo valiéndole madre que ocupe el 50% de tu asiento; el niño que llora enfrente o vomita o se caga; el don que se sube briago y va hablando pendejadas al por mayor; la chavita que se ríe como estúpida con las estúpidas gracejadas de la película chafa de Rob Schneider que parecen ser la regla en los autobuses; el baño que resulta terrible si además la comida le hizo mal a uno; la familia que decidió hacer la manducatoria en el trayecto y el respectivo olor a tacos, tortas, tamales, y, desde luego, los vecinos de asiento que se jetean y que nos regalan estas bellas instantáneas dignas de una película de David Lynch o de Kubrick.

Sí, ya sé, soy un intolerante y no me alcanza para mi jet privado. Además últimamente el cielo de México escupe LearJets. Y qué, y qué, y qué.

domingo 2 de agosto de 2009

Peter Stamm, puntillista


Mayúscula tristeza me producen los libros que van apilándose en las mesas o en estantes sin haber sido leídos. Junto con los libros deberían vendernos el tiempo para leerlos todos. No sé si esto lo he pensado antes o se trata de una cita intertextual que me juega una mala pasada. Pero los libros están allí, inertes, sin reclamarnos atención o cariño. De pronto, uno decide que ha llegado el tiempo de leerlos, o simplemente se interponen en nuestras listas de lecturas en una tarde de hastío. Esto me sucedió en días pasados, mientras guardaba libros en cajas para mi próxima mudanza. Encontré un libro que me regaló hace algunos meses Fernando López. Se trata de Agnes, del suizo Peter Stamm, publicado por la editorial Acantilado. No pretendo reseñar el texto sino simplemente esbozar algunas ideas que han ido surgiendo al leer este libro, y transcribir otras que han saltado como un imán frente a mí de entre sus páginas.

La lectura de Agnes es ágil y no tiene grandes exhibiciones de lenguaje. Stamm —quien es considerado dentro de los narradores contemporáneos de avanzada en la escena europea— tampoco apuesta por estructuras narrativas complejas. Se interesa en cambio en la compleja elaboración de sus personajes, seres desarraigados y embarcados en el viaje de la búsqueda, en pleno proceso de soltar amarras, lo que sea que esto signifique. Agnes, acepta el reto de convertirse en una historia fuerte desde su mismo título. Son pocas las novelas que en el título llevan el nombre de sus protagonistas. Pienso por ejemplo en Madame Bovary, de Flaubert, o en Santa, de Federico Gamboa, también en Otilia Rauda, de Sergio Galindo. He usado estos ejemplos de forma arbitraria, pero se trata de personajes fuertes, y cuya buena factura –de ello no hay duda– le ha permitido a sus autores intitularlas con su apelativo y no de otro modo.

Peter Stamm no admite concesiones en su historia. Conforme avanza la novela, el narrador nos sumerge en un juego metaliterario en donde la gran protagonista, más allá del personaje, es la literatura. Agnes ha muerto –nos dice al iniciar la novela–. Ha muerto por una historia.
Quizá el párrafo siguiente, que transcribo, sea una especie de esbozo en donde Stamm ensaya la configuración de su ars poética:

—Tiene que pasar algo que haga la historia más interesante—le dije por fin a Agnes.
—¿No eres feliz con lo que tenemos?
—Sí que lo soy—dije—, pero la felicidad no da para buenas historias. La felicidad no se puede describir. Es como la niebla, el humo, transparente y volátil. ¿Has visto alguna vez a un pintor que haya sabido pintar el humo?
Fuimos al Art Institute of Chicago en busca de un cuadro de la niebla o el humo, o una estampa con personas felices. Ante Un Dimanche d’été à l’Île de la Grande Jatte de Seurat nos detuvimos largamente. El autor no había pintado personas felices, pero el cuadro irradiaba una paz que se aproximaba mucho a lo que buscábamos. Representa la orilla de un río en una tarde de domingo. Se ven paseantes, y aquí y allá, entre los árboles de un prado, personas descansando. (1ª. ed. Ed. Acantilado, Barcelona, 2001, p. 64)

Y acto seguido nos habla del puntillismo creado por Seurat, precursor del neoimpresionismo:
Cuando nos acercamos, el cuadro se disolvió en un mar de minúsculos puntos. Se difuminaron los contornos, y los planos se confundieron. Los colores no estaban mezclados sino yuxtapuestos como en un gobelino. No había tonos blancos ni negros puros. Cada plano reunía todos los colores, que sólo a cierta distancia producían el efecto de un todo. (p. 65)

Así parece estar construida la novela de Stamm, sin grandes alardes literarios y con una técnica puntillista si se ve de cerca. Es sólo al contemplar el conjunto, cuando logra apreciarse la maestría de los planos yuxtapuestos, de los personajes que no han sido pintados con tonos contundentes sino en una aparente policromía —el medio pelo quizá— y que van afirmándose a la distancia. Por lo pronto, debo decir que la novela me ha cautivado, y que agradezco sin más el obsequio hecho por Fernando López, generosamente. Debiéramos regalar libros más a menudo, sobre todo en un país en donde la mayoría de su gente no lee ni en defensa propia.

martes 14 de julio de 2009

Sábado en Tlaxcoapan

El próximo sábado 18 en punto de las cinco de la tarde estaré charlando con Mijaíl Lamas (poeta y traductor) sobre las nuevas formas de lectura y tecnologías alternativas (blog, facebook, twitter, etc.) en un esfuerzo muy loable del municipio de Tlaxcoapan, Hidalgo, que ha organizado su primera Feria del Libro, que contará con invitados del Centro Nacional de las Artes, la Escuela Nacional de Artes Plásticas, la Universidad Autónoma de México, editoriales independientes y Colectivos artísticos. Ya sé que no les queda de paso y que no andarán por allá, pero me parece un esfuerzo admirable el que han realizado los organizadores, y la siempre entusiasta Bessie Cerón. Enhorabuena.