En Granada me compré un playmobil. Un jinete romano de porte marcial. La caja dice que es un “Tribuno con caballo”, pero ni madres, esto no es un tribuno, aunque sería lindo que en verdad lo fuera. Quizá sea sólo una mala traducción como casi todas las que hacen en España. Quizá ni siquiera tiene el porte marcial que le atribuyo, pues difícilmente podría atribuírsele porte marcial a estos muñequitos inofensivos que con ojos profundos divisan de cerca mi infancia.
La juguetería está atascada de playmobil, pero también de consolas para videojuegos que causan hoy mayor conmoción entre los chicos. Yo, en cambio, me detengo en el pasillo en donde conviven el barco pirata aquel que nunca tuve –aunque los de entonces, como en el poema de Neruda, ya no son los mismos–, pero que bien recuerdo, con la sala de quirófano que sí tuve, los apaches y los vaqueros que me regalaban mis padres simplemente porque sí, sin necesidad de constreñir los obsequios a cumpleaños, navidades y todas esas celebraciones que obligan a dar, aunque el que da no quiera hacerlo. Fin del reclamo.
Alguna vez tuve un circo y regalé, en un gesto de magnanimidad de la que nunca me he arrepentido, un par de leones a un chico que ni siquiera fue mi amigo cercano, sino simplemente una visita que pasó por casa. Miro detrás del cristal –el del tiempo– al bisonte marrón del cuerno roto. Miro los caballos y los piratas que sí tuve y que no tenían pata de palo pero sí parche en el ojo con cara de malos.
El legionario, o jinete, o tribuno, me mira desde su pedestal ecuestre y yo también lo miro, ahíto de pálpitos. Antonio Gala me dijo hace algún tiempo –eso dice Helí, y yo le creo, pero la verdad es que no lo recuerdo– que me vendría bien un poquito de humanidad. Yo creo que siempre la he tenido, pero mientras veo a mi playmobil creo también que los juguetes debieran seguirse haciendo para humanizar por igual a niños y adultos. No sólo para cumplir roles de muerte y destrucción en las consolas.
El elemento lúdico estimula la imaginación y también la memoria cuando hemos pasado de largo. Me gusta concebir a la literatura como divertimento puro cuando la practico. Me gusta además la literatura-juego de quienes escribiendo aún el mundo adulto, lo leen con ojos de niño, como Julio Cortázar, autor de la juguetona Rayuela, o como el Pío-Pío-Pí de Kurt Vonnegut.
Veo de reojo al iPhone que me acompaña desde hace ya un tiempo y desdeño por un momento su internet inalámbrico, su agenda electrónica, su GPS que me da cierta ubicuidad, sus traductores y su cámara fotográfica, los casi cien libros que almaceno allí pero que nunca leo, sus 2135 canciones y su grabadora de sonidos, su aplicación para Skype, su piano y hasta el Assasin’s Creed que he jugado entre pasivo y obsesivo durante los últimos días en autobuses y trenes y salas de espera. Aplicaciones alucinantes pero frías, incapaces de alcanzar la grandeza del jinete romano que se yergue orgulloso y me devuelve sonrisas y letras, aromas y voces, otros tiempos que valen tanto como la vida misma porque la vida misma es una colección de momentos que debiéramos seguir atesorando en la maleta de viaje o en el cajón del escritorio, aunque el mundo contemporáneo y las revoluciones tecnológicas se obstinen en cerrarles el paso.









