sábado, 26 de diciembre de 2009

Tribuno con caballo


En Granada me compré un playmobil. Un jinete romano de porte marcial. La caja dice que es un “Tribuno con caballo”, pero ni madres, esto no es un tribuno, aunque sería lindo que en verdad lo fuera. Quizá sea sólo una mala traducción como casi todas las que hacen en España. Quizá ni siquiera tiene el porte marcial que le atribuyo, pues difícilmente podría atribuírsele porte marcial a estos muñequitos inofensivos que con ojos profundos divisan de cerca mi infancia.


La juguetería está atascada de playmobil, pero también de consolas para videojuegos que causan hoy mayor conmoción entre los chicos. Yo, en cambio, me detengo en el pasillo en donde conviven el barco pirata aquel que nunca tuve –aunque los de entonces, como en el poema de Neruda, ya no son los mismos–, pero que bien recuerdo, con la sala de quirófano que sí tuve, los apaches y los vaqueros que me regalaban mis padres simplemente porque sí, sin necesidad de constreñir los obsequios a cumpleaños, navidades y todas esas celebraciones que obligan a dar, aunque el que da no quiera hacerlo. Fin del reclamo.

Alguna vez tuve un circo y regalé, en un gesto de magnanimidad de la que nunca me he arrepentido, un par de leones a un chico que ni siquiera fue mi amigo cercano, sino simplemente una visita que pasó por casa. Miro detrás del cristal –el del tiempo– al bisonte marrón del cuerno roto. Miro los caballos y los piratas que sí tuve y que no tenían pata de palo pero sí parche en el ojo con cara de malos.

El legionario, o jinete, o tribuno, me mira desde su pedestal ecuestre y yo también lo miro, ahíto de pálpitos. Antonio Gala me dijo hace algún tiempo –eso dice Helí, y yo le creo, pero la verdad es que no lo recuerdo– que me vendría bien un poquito de humanidad. Yo creo que siempre la he tenido, pero mientras veo a mi playmobil creo también que los juguetes debieran seguirse haciendo para humanizar por igual a niños y adultos. No sólo para cumplir roles de muerte y destrucción en las consolas.

El elemento lúdico estimula la imaginación y también la memoria cuando hemos pasado de largo. Me gusta concebir a la literatura como divertimento puro cuando la practico. Me gusta además la literatura-juego de quienes escribiendo aún el mundo adulto, lo leen con ojos de niño, como Julio Cortázar, autor de la juguetona Rayuela, o como el Pío-Pío-Pí de Kurt Vonnegut.

Veo de reojo al iPhone que me acompaña desde hace ya un tiempo y desdeño por un momento su internet inalámbrico, su agenda electrónica, su GPS que me da cierta ubicuidad, sus traductores y su cámara fotográfica, los casi cien libros que almaceno allí pero que nunca leo, sus 2135 canciones y su grabadora de sonidos, su aplicación para Skype, su piano y hasta el Assasin’s Creed que he jugado entre pasivo y obsesivo durante los últimos días en autobuses y trenes y salas de espera. Aplicaciones alucinantes pero frías, incapaces de alcanzar la grandeza del jinete romano que se yergue orgulloso y me devuelve sonrisas y letras, aromas y voces, otros tiempos que valen tanto como la vida misma porque la vida misma es una colección de momentos que debiéramos seguir atesorando en la maleta de viaje o en el cajón del escritorio, aunque el mundo contemporáneo y las revoluciones tecnológicas se obstinen en cerrarles el paso.

Escritores latinoamericanos ayer y hoy, según Volpi (copypasteado de Thays)

COPIO UNA COPIA DE IVÁN THAYS, DEL MÁS RECIENTE LIBRO DE VOLPI:

"la lista titulada "Evolución del escritor latinoamericano (del Boom a nuestros días)" que aparece en el libro de Jorge Volpi El insomnio de Bolívar (Debate). A ver si están de acuerdo o no. Yo me divertí. [Por cierto, los paréntesis son míos -es decir de Iván Thays, de Moleskine Literario-]"


Apariencia

Antes: Cabello largo, chaqueta de cuero, morral al hombro, look hippie o indumentaria típica [y saco oscuro y corbata de seda, riguroso para dar conferencias, un look de dandy oficinista a lo Mad Men. También vale el liqui liqui]

Ahora: Cabello cortísimo, blackberry o iPhone [y un Amazon Kindle] y camisetas. Look nerd o cool [un saco algo arrugado con camisa y siempre sin corbata también se vale]

Convicciones políticas

Antes: Izquierda revolucionaria

Ahora: Indiferencia política y cierta simpatía por ese lugar indefinido llamado “centro”.

Amistades

Antes: Presidentes y caudillos latinoamericanos, estrellas de Hollywood, artistas plásticos.

Ahora: Directores y actores de cine latinoamericano, académicos gringos, edecanes de congresos literarios [un amigo geek a quien puedes llamar para que te dé el dato de un gadget o te arregle un problema con tu portátil es imprescindible]

Idiomas

Antes: Inglés y francés obligatorios, a veces alemán.

Ahora: Inglés.

Formación Literaria

Antes: Clásicos de aventuras (Salgari, Verne), clásicos grecolatinos, colección amarilla de Gallimard.

Ahora: Clásicos de la televisión (Don Gato, El túnel del tiempo, Twilight zone), clásicos latinoamericanos, colección amarilla de Anagrama [sería impolíticamente correcto decir el Chavo del Ocho para un mexicano, pero es verdad aunque le duela a Volpi. Dibujos de peleas como Meteoro o Sankuokai. Además, las series de TV gringas desde Hechizada hasta Mad Men, pasando por The Sopranos. Algunas telenovelas brasileñas y las series adolescentes como Verano Azul y Jacinta Pichimahuida, obvio]

Preferencias musicales

Antes: Música clásica, tango, bailes de salón, trova cubana.

Ahora: Música electrónica, rock independiente [no olvidar el rock argentino de los 80, el jazz y el bossa nova]

Preferencias cinematográficas

Antes: Cine clásico de Hollywood, neorrealismo italiano, Nouvelle vague, Bergman, Fassbinder, Scorsese, Woody Allen.

Ahora: Cine independiente estadounidense, cine asiático, Tarantino, Wong kar Wai, González Iñárritu, Scorsese, Woody Allen [Dogma 95 y el cine latinoamericano independiente también deben estar en la lista]

Escritores favoritos en otras lenguas

Antes: Faulkner, Dos Passos, Camus, Sartre, Mann, Mailer.

Ahora: Auster, Amis, Sebald, Tabucchi, Magris, Murakami [¿Cómo? ¿Y Nabokov? Estás mal, Volpí]

Escritores favoritos en español

Antes: Borges, Vallejo, Arguedas, Neruda, Rulfo, Paz.

Ahora: Borges, Bolaño, Marías, Vila-Matas, Piglia [aumentaría a Manuel Puig, Sergio Pitol y César Aira]

Editoriales emblemáticas

Antes: Seix Barral, Sudamericana, Joaquín Mortíz, Era

Ahora: Anagrama, Alfaguara, Tusquets, Siruela [y Mondadori con fuerza últimamente. Y las editoriales independientes españolas como Acantilado, Libros del Asteroide, Periférica, Lengua de Trapo, las argentinas como Adriana Hidalgo, Eloísa Cartonera, Interzona, Mansalva, Eterna Cadencia, las peruanas como Estruendo Mudo, las mexicanas como Sexto Piso o Almadia]

Premios Literarios

Antes: Biblioteca Breve, Rómulo Gallegos

Ahora: Biblioteca Breve, Herralde, Alfaguara

Residencia fuera de sus países

Antes: Universidades estadounidenses, Londres, Barcelona, París, México DF

Ahora: Universidades estadounidenses, Barcelona, Madrid

Agentes

Antes: Carmen Balcells

Ahora: Antonia Kerrigan, Guillermo Schavelzon

Peculiaridades

Antes: Realismo mágico, realismo, literatura fantástica [y ese engendro llamado Novela Total]

Ahora: Realismo, ciencia ficción

Enemigos

Antes: Nacionalismo e imperialismo, otros grupos literarios

Ahora: Globalización, otros grupos literarios [monopolios como Google Books]

Aspiraciones

Antes: Premios, reconocimiento internacional, convertirse en conciencia de América Latina, pureza literaria

Ahora: Premios, reconocimiento internacional, dinero

Actividades paralelas

Antes: Conferencias, periodismo, columnas de análisis político, diplomacia

Ahora: Blogs, columnas de literatura, clases universitarias

Temas principales

Antes: América Latina

Ahora: ?

viernes, 25 de diciembre de 2009

Diez recomendaciones para el año que viene

Como en estas fechas todo es chunga y pachanga, despiporre y feliz algarabía no les voy a pedir que lean nada ni vean nada. Dedíquense a celebrar como los convencionalismos mandan, que ya el año que entra el hígado dirá. Por lo pronto, y muy agradecido con el año que se va, que ha sido lleno de arte del bueno, de gratas compañías que nos sugieren siempre rutas de lectura, de cine, de música -es decir, de viajes-, les dejo una lista de cinco libros que leí este año y que recomiendo ampliamente (sin llevar comisión alguna por parte de los editores) y cinco películas también de alta manufactura.

LOS LIBROS SON ESTOS:
Los perros de Tesalónica. Kjell Askildsen.



Matadero Cinco. Kurt Vonnegut.


Cómo me hice monja. César Aira.


Historia argentina. Rodrigo Fresán.


El ruido eterno. Alex Ross.

LAS PELÍCULAS SON ESTAS:
Lola. Rainer Werner Fassbinder



El testamento del doctor Mabuse. Fritz Lang


La vida de Brian. Monthy Python.


Persona. Ingmar Bergman.


Zelig. Woody Allen.

Sean felices pues.


lunes, 21 de diciembre de 2009

Matutino

Y en otras noticias, se informa que próxima la hora de partir, la mañana es cotidiana y mórbida. Y temblorosa. El cielo está invisible y nuestras manos... repletas de venas, cada día más ancianas.

martes, 15 de diciembre de 2009

El lenguaje mudo

Sí, ya sé que este espacio ha estado muy olvidado últimamente, pero como saben, ando de pata de perro y quesque escribiendo una novela; así que si mi triunvirato de lectores sigue allí, les prometo que pasada la tregua navideña retomaremos la actualización de este blog. Mientras tanto, uso las teclas ctrl-c, ctrl-v para dejarles un texto aparecido este sábado en Babelia, que vale la pena como hoja de ruta. Muchos abrazos, mucho amor y que el invierno no nos marchite mucho esta vez. Me marcho. París... bien vale una misa.


El lenguaje mudo
Por Leila Guerriero

Piensa esto: piensa que lo primero que supo acerca de los libros fue, allá en la infancia, que así como había baños para niñas y baños para niños, había libros para niñas -Mujercitas- y libros para niños -Colmillo blanco, El faro del fin del mundo- que eran, precisamente, los libros que ella leía y que despertaban, en los adultos, una mirada de caritativa sospecha, como si leer libros sobre fareros y hombres en tierras de lobos pudiera convertirla, a ella, en farero, en hombre, en lobo. Piensa eso la mujer en el vagón del metro mientras intenta ocultar la portada del libro que lleva sobre la falda. El libro es de una autora respetable -Melissa Bank- pero tiene un título sospechoso -Manual de caza y pesca para chicas- y la mujer no quiere que nadie crea que ella es lo que ese título podría sugerir: una mujer en busca de marido siguiendo, para eso, las indicaciones de un tomo de autoayuda. En la infancia, piensa, era más fácil: había libros para niños y libros para niñas, y el que leía mucho podía parecer un poco raro, pero la lectura no era -además de un placer- especulación, carné de club: señal de pertenencia.

- - - - -

- ***

Todo lector es dueño de un lenguaje encriptado que delinea las fronteras de su reino. En ocasiones ese lenguaje es fácil de entender y las fronteras del reino casi obvias: no es lo mismo decir Paulo Coelho que Mario Levrero; Sidney Sheldon que John Banville; La fortaleza digital que Yo el supremo; Isabel Allende que Grace Paley. Pero en ocasiones el lenguaje se pone muy sutil y entonces tampoco es lo mismo decir El palacio de la luna, de Paul Auster, que El libro de las ilusiones, de Paul Auster; ni decir Coetzee que Sándor Márai; ni decir Salinger y Bukowsky que DeLillo y Pynchon; ni decir Pedro Páramo que Cien años de soledad.

La mujer del vagón tiene su propio lenguaje encriptado, pero se pregunta si será o no un prejuicio pensar que no hay excepciones a la regla que dice que nada bueno puede esperarse de quien responda "Juan Salvador Gaviota" a la pregunta "¿Cuál es tu libro favorito?".


- - - - -

- ***

Alguien parece interesante. De pronto dice: "¿Leíste El Código Da Vinci?".

Alguien parece interesante. De pronto dice: "Estoy descubriendo a un autor buenísimo. Se llama Paul Auster. ¿Lo conoces?".

Alguien se asombra: "¿Hermann Broch? ¿No será Brecht?".

Alguien tiene una enorme biblioteca de libros fabulosos y se nota, enormemente, que jamás ha tocado uno solo de todos esos libros fabulosos.

Alguien, en medio de una reunión banal, siente, de pronto, necesidad de declamar no soy de aquí, no pertenezco, y contrabandea nombres como Georges Perec, Stefan Zweig, Yasunari Kawabata, Felisberto Hernández, y tuerce la boca con desprecio cuando alguien dice "Murakami".

Alguien deja sobre la mesa de la sala, simulando una pila casual, una novela de Roberto Bolaño, un cómic de Art Spiegelman, dos ejemplares de The New Yorker, un libro de fotos de Diane Arbus.

Alguien responde, a la pregunta por su libro favorito, "El cazador oculto", y alguien piensa que es una respuesta obvia: un típico título de principiante.

Alguien responde, a la pregunta por su libro favorito, "El país de las sombras largas", y alguien piensa "Ada o el ardor", pero no dice nada, y sonríe, y siente que está bien: que no le importa.

Alguien entierra, tapia, esconde sus libros para salvarlos de la perdición, del fuego.

La mujer, ahora, se pregunta en qué momento los libros se transforman en banderas: en declaraciones de principios.


- - - - -

- ***

Formas eficaces de saber: lectores que sienten pánico -y la boca seca y una parálisis en el costado izquierdo y serias dificultades para respirar- cuando alguien les pregunta "si tuvieras que salvar un solo libro de un naufragio, ¿cuál sería?"; lectores que rechinan los dientes -y sudan y ensayan una sonrisa tiesa y piden por favor un vaso de agua- cuando alguien les pregunta "si no pudieras releer más que un solo libro durante el resto de tu vida, ¿cuál sería?"; lectores que sueñan que su biblioteca se inunda y que, mientras nadan en un mar de pulpa de papel, hunden los dedos en cubiertas que se deshacen como mantequilla: lectores que despiertan aullando. Formas eficaces de saber: el grado de envenenamiento, la dependencia del elemento tóxico.


- - - - -

- ***

Bibliotecas organizadas por nacionalidad -literatura rusa, francesa, española, mexicana-; por editoriales -Anagrama, Siruela, Tusquets, Fondo de Cultura Económica-; con estantes acusatorios de libros no leídos; plagadas de libros propios en espacio central y en primer plano. Bibliotecas que reflejan a lectores prácticos, decorativos, culposos, egomaniacos.


- - - - -

- ***

Libros, instrucciones de uso: declarar en público que no se ha leído el Ulises y mucho menos En busca del tiempo perdido (eso, que era antes inconfesable, ahora se lleva mucho porque habla a las claras de alguien que ha leído tanto que puede declamar esa ignorancia sin ser tildado de bestia). No decir nunca nada malo sobre La conjura de los necios, de John Kennedy Toole (la misma regla es válida para cualquier título de Hunter Thompson, si se está en compañía de periodistas jóvenes). Evitar las siguientes discusiones, por peligrosas, con parejas queridas o amigos entrañables: a favor o en contra de American Psycho, de Breat Easton Ellis; a favor o en contra de Las partículas elementales, de Michel Houellebecq; a favor o en contra de Las Correcciones, de Jonathan Franzen; a favor o en contra de Las benévolas, de Jonathan Littell. Mencionar, en cualquier reunión, al menos una vez a Berger, a Sebald, a Pessoa. Decir, cuando se tenga ocasión, que Sándor Márai es aburrido. Decir, con la vista perdida en el fondo de un vaso, que Truman Capote era manipulador. Decir, con un suspiro, que las novelas de Cortázar envejecieron mal, pero que en cambio, ah, sus cuentos.

La mujer se pregunta por qué todos los fotógrafos argentinos parecen haber leído Zen en el arte del tiro con arco, del alemán Eugen Herrigel; todos los arquitectos chilenos a Rimbaud; todos los músicos latinos a Castaneda. Se pregunta de dónde vienen, en qué momento se aprenden esas reglas.


- - - - -

- ***

Llevar bajo el brazo, al primer encuentro con un desconocido, un ejemplar de La tierra baldía, de T. S. Eliot. Llevar bajo el brazo, al primer encuentro con un desconocido, el Gödel, Escher, Bach, de Douglas R. Hofstadter. Llevar bajo el brazo, al primer encuentro con un desconocido, Armonía celestial, de Peter Esterházy. O El oficio de vivir, de Cesare Pavese, o Luz de agosto, de William Faulkner, o las Confesiones, de San Agustín, o La maravillosa vida breve de Óscar Wao, de Junot Díaz, o Viaje al fin de la noche, de Louis Ferdinand Celine, o Noche sin fortuna, de Andrés Caicedo, o El mundo según Garp, de John Irving. Esa sutil demarcación del territorio, esa forma de decir, sin decirlo, soy elegante y levemente trágico, soy específico, soy muy sofisticado, soy tan oscuro que casi adolescente, soy clásico, soy bien distinto, soy muy moderno, ojo conmigo, soy enterado, soy muy feliz.


- - - - -

- ***

Sea como fuere, esto sucede una y otra y otra vez: la alegría infantil de sumergirse en una conversación inesperada con un completo desconocido para descubrirse, horas después -y bajo toneladas hipercalóricas de "¿leíste a tal?". "¡Sí! ¿Y leíste a tal?". "¡Sí! ¿Y leíste a tal?"-, pensando que ése, sí, es el comienzo de una gran amistad.

Y, sea como fuere, esto sucede, una y otra y otra vez: la felicidad íntima de coincidir en Lorrie Moore, en Julio Ramón Ribeyro, en Rohinton Mistry, en Scott Fitzgerald, en los siete pilares y en toda su sabiduría y entender -una y otra y otra vez- que todos esos libros no son una lista arbitraria de amores y rechazos, una demostración de habilidades, la insidiosa bruma de un prejuicio, sino la contraseña que permite reconocer a otro habitante de una patria terca en la que, de todos modos, nunca ha vivido mucha gente. Y quizás, piensa la mujer, por eso importa. Porque los libros son una forma de decir no me confundan. Ésta soy yo. En estas cosas creo. Ésta es mi patria.