martes 23 de noviembre de 2010

Low cost


Para Rocío Gilabert, que vuela.

Fueron otras fuerzas oscuras y no las aerolíneas europeas quienes inventaron el concepto de low cost. Como todo el mundo sabe los vuelos son baratos, pero salvo el asiento, todo lo demás tiene un precio extra: la maleta de hasta veinte kilos una tarifa, la de veinte y un gramo otra, dos maletas es un lujo, si el tamaño no cumple los requerimientos establecidos para que la maleta viaje en la cabina, deberá facturarse a exorbitantes tarifas, diez, quizá quince veces superiores al precio del billete. Ahora pasará la guapísima Helen con la carta de productos, anuncia la voz desde el más allá,  el hombre detrás de la cortina, apenas iniciado el vuelo. Y en efecto, no hay un resquicio en el trayecto en el cual la guapísima Helen con su voz gutural de sueca, no te ofrezca delicioso capuchino, espumeante chocolate, así, adjetivos incluidos, perritos calientes, pizzas, calendarios de chicas con poca ropa, quizá entre ellas la guapísima Helen o Helga o Heloise, cigarrillos sin humo para los ansiosos pero no pastillas para no soñar, audífonos, perfumes, las bragas más recientes que ha sacado Calvin Klein. Todo en una aparente confusión que no hace sino confirmar una sospecha, como si de una instalación artística se tratara. Contrario a lo que parece, se ha descubierto que el concepto no fue diseñado para fastidiar al respetable cada vez que viaja, o para inducirle al consumismo enfebrecido, sino para indicarle la futilidad de los objetos en su vida diaria. Así, por ejemplo, un viajero que vuelve a casa cargado con libros y ropa, a fuer de no pagar el escandaloso precio del sobrepeso indicado por la compañía aérea, o simplemente porque no puede pagarlo, debe elegir entre desprenderse de un pesado libro de arte moderno comprado en la Saatchi Gallery, del estuche de pinturas o de un voluminoso abrigo Burberry como el de Enrique Vila-Matas. Cuando el avión llega a destino en tiempo se escuchan fanfarrias, quizá felicitando al piloto o encomiando al respetable por haber sido capaces de viajar ligero. Otros como yo, en más de una ocasión hemos jurado que son voces riéndose de mí, de ti, de aquellos que alguna vez hemos tenido que desprendernos de algún tesoro. En la puerta que conduce a la escalerilla, o al tobogán, siempre te espera la guapísima Helen con su sonrisa también encomiástica, como diciendo felicidades, lo lograste, ahora conoces el sentido de la vida, eres un hombre moderno, eres uno de los nuestros.

3 comentarios:

Vigo dijo...

Llevar los libros de un lado a otro no suele ser la mejor idea, al final siempre por unas cosas u otras, uno se acaba desprendiendo de los libros por problemas de movilidad. Teniendo claro esto, lo mejor es comprarse algún libro en el lugar a donde se va, pero sin abusar, que si uno compra muchos volvería a estar con el mismo dilema.

Después de un vistazo -no demasiado profundo lo confieso- me ha parecido un buen blog. Me ha llamado la atención que para ser mexicano parecía que tenías un vínculo especial por algunos post con Barcelona o lo catalán. Bueno, para mí todo el que hace ese vínculo ya le doy la mano de entrada.
Así que, un saludo.
V.

Danner González dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Danner González dijo...

Vigo, no había reparado en esto que comentas, pero tienes razón: un vínculo afectivo muy especial me une con los catalanes. He sido generosamente influido por la literatura catalana, la de Vila-Matas y la de Monzó, la de Gimferrer e incluso la que allí escribió un no catalán: Javier Cercas. Le voy al Barca y recuerdo tardes extraordinarias al lado de amigos catalanes o mexicanos en Barcelona o en Girona. Nunca he estado en Blanes pero espero ir pronto. Allí pasea el fantasma de uno de mis mayores: Roberto Bolaño. Creo que sí, tengo algo de catalán en la sangre.

Una abraçada!